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martes, 30 de diciembre de 2025

Inventario de confesiones, 2025

Este año tomé un descanso. El pasado sufrí un descalabro emocional, con un par de repercusiones corporales, que me dejó incapacitado psicológicamente para dedicarme a mis actividades académicas. Me di de baja provisional en mis estudios de doctorado y mis días transcurrían en casa, entre levantarse tarde y acostarse temprano. El intervalo intermedio se poblaba de lecturas, algunas series y algunos proyectos personales, unos interrumpidos y otros aún en proceso. Este año fue como una herida, suturada con un par de visitas al psiquiatra, al dermatólogo y al dentista. Ahora es una cicatriz. Y por eso quiero agradecer, como diría Borges, “al divino laberinto de los efectos y de las causas por la diversidad de las criaturas que forman este singular universo”.

Gracias, Dios, por enseñarme la paciencia de la sanación;

por mostrarme lo que significa odiar y por qué es terrible;

por la monótona esperanza de los desesperanzados;

por el sol que tomo en las mañanas y que entibia mi fría piel;

por algunos versos de Enrique González Martínez;

por haberme enamorado, aunque no fuese correspondido;

por permitirme ver que soy digno de amor, aunque no pueda corresponder;

por el inescrutable y salvífico ronroneo de la Tintina;

por la amistad, en cuyos resquicios te escondes,

ser hipotético y extraño que gusta de escurrirse entre las dimensiones de la experiencia;

por dotar a mi corazón maltrecho de unos 40 millones de latidos;

por las pláticas sobre videojuegos con mi hermano;

por las noches de discusión literaria en mi club de lectura;

por las clases de filosofía en que dudo de Tu existencia;

y enseño a otros a dudar de ella;

por unos cuantos amaneceres;

por la vida de mis padres,

por la extrañeza que me causa el universo;

por algunos chistes de los que todavía me río;

por revelarme a los hyrax;

por la estuosa torta de tamal que degustaba después de mis consultas psiquiátricas;

por las horas que caminé explorando distintas rutas hacia destinos que ya conocía

y en cuyo discurrir descubría nuevos lugares que me prometía visitar, pero olvidaba;

por las siestas, aunque no todas fueran bienvenidas;

por algunas canciones que aprendí en guitarra

y que mis dedos recuerdan, pero no mi mente;

por darme manos para copiar un par de dibujos de Richard Scarry;

por ciertas tristezas que me permiten escribirte;

por ciertas alegrías que hacen que me olvide de Ti o Te recuerde con vehemencia;

por los paseos en bicicleta, donde desfila toda la fauna ciudadana;

por la planta ignota que creció en la maceta donde se marchitó mi petunia.