Este año tomé un descanso. El pasado sufrí un descalabro emocional, con un par de repercusiones corporales, que me dejó incapacitado psicológicamente para dedicarme a mis actividades académicas. Me di de baja provisional en mis estudios de doctorado y mis días transcurrían en casa, entre levantarse tarde y acostarse temprano. El intervalo intermedio se poblaba de lecturas, algunas series y algunos proyectos personales, unos interrumpidos y otros aún en proceso. Este año fue como una herida, suturada con un par de visitas al psiquiatra, al dermatólogo y al dentista. Ahora es una cicatriz. Y por eso quiero agradecer, como diría Borges, “al divino laberinto de los efectos y de las causas por la diversidad de las criaturas que forman este singular universo”.
Gracias, Dios, por
enseñarme la paciencia de la sanación;
por mostrarme lo que
significa odiar y por qué es terrible;
por la monótona esperanza
de los desesperanzados;
por el sol que tomo en
las mañanas y que entibia mi fría piel;
por algunos versos de
Enrique González Martínez;
por haberme enamorado,
aunque no fuese correspondido;
por permitirme ver que
soy digno de amor, aunque no pueda corresponder;
por el inescrutable y
salvífico ronroneo de la Tintina;
por la amistad, en
cuyos resquicios te escondes,
ser hipotético y
extraño que gusta de escurrirse entre las dimensiones de la experiencia;
por dotar a mi corazón
maltrecho de unos 40 millones de latidos;
por las pláticas sobre
videojuegos con mi hermano;
por las noches de discusión literaria en mi
club de lectura;
por las clases de filosofía en que dudo de Tu
existencia;
y enseño a otros a dudar de ella;
por unos cuantos
amaneceres;
por la vida de mis
padres,
por la extrañeza que
me causa el universo;
por algunos chistes de
los que todavía me río;
por revelarme a los
hyrax;
por la estuosa torta
de tamal que degustaba después de mis consultas psiquiátricas;
por las horas que
caminé explorando distintas rutas hacia destinos que ya conocía
y en cuyo discurrir
descubría nuevos lugares que me prometía visitar, pero olvidaba;
por las siestas,
aunque no todas fueran bienvenidas;
por algunas canciones
que aprendí en guitarra
y que mis dedos recuerdan,
pero no mi mente;
por darme manos para copiar
un par de dibujos de Richard Scarry;
por ciertas tristezas
que me permiten escribirte;
por ciertas alegrías
que hacen que me olvide de Ti o Te recuerde con vehemencia;
por los paseos en
bicicleta, donde desfila toda la fauna ciudadana;
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