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domingo, 25 de mayo de 2014

Una tarde de lluvia.


Desconsolado consuelo,
cárcel en aquel perdido
charco anónimo en el suelo
y privación del olvido,

lluvia, lava estas heridas,
y si me ataca su ausencia,
son tus gotas desvaídas
pasto para la clemencia.

El tiempo, arena que corre,
humedecido en el llanto,
es lodo para que borre
las huellas del muerto encanto

de una esperanza cansada
de aguardar bajo el dintel
a que escampe la soñada
vida escrita en el papel.

Lluvia, cae indiferente,
monótona transparencia,
sobre el recuerdo doliente
de su herrumbada presencia.

Bombardea, minuciosa
y repentina el sondeo
de mi alma, y moja, ansiosa,
los rescoldos del deseo.

Cae, lluvia, no detengas
tu inaprensivo deceso.
Cae sutil y no prevengas
al transeúnte en su obseso

hábito de caminar
al sol, cuando es la tormenta
la que revela, al pasar,
que no es él quien se calienta.

Sigue tu caída, unívoca
sombra, como cae la vida,
y los sueños en la equívoca
agonía de esta herida.

lunes, 12 de mayo de 2014

Breve reflexión sobre la actividad filosófica


Lo interesante del estudio de las doctrinas filosóficas debería consistir en la posibilidad de maravillarse con preguntas que a uno no se le habían ocurrido y con respuestas que creía impensables.
    El adoctrinamiento consuetudinario se ha vuelto la primordial actividad de la filosofía académica. No afirmo, sin embargo, que la formación y el estudio de los autores clásicos deba ser desechado, al contrario. No quiero minusvalorar el trabajo de los intérpretes filosóficos; su tarea es imprescindible para un mejor acercamiento a los textos,  pero el filósofo no debe quedarse en la repetición de ideas pretéritas, debe hacerlas suyas, amalgamarlas y hacer modelos que respondan a sus preguntas más acuciantes. Todo filosofar es de principio ecléctico.  
    Ahora bien, la práctica filosófica contemporánea cada vez difumina más la estructura misma del filososfar: pregunta-respuesta. Uno lee textos sin preguntas qué hacerles. Deja que el autor le hable como maestro espíritual. La mayor parte del tiempo ni siquiera es claro contra qué se está luchando. Una idea arrojada a una palestra sin enemigo es inane, tendrá una victoria por omisión y se vanagloriará de su potestad en un campo vacío.  Nosotros, como pequeños filósofos, adoptamos ese vicio y defendemos nuestras ideas sin saber a qué responden. Esgrimimos una espada afilada que hiende sobre fantasmas. En otros casos, nuestros enemigos, si sabemos quiénes son, son los mismos que los del rey-autor, y los guillotinamos sin haberles dado nunca la oportunidad de interpelarnos.
    En este sentido digo lo siguiente: no adoptemos las preguntas filosóficas de otros sólo porque el brillo de los siglos los ha encumbrado. Si la pregunta por el Ser no es una pregunta que me carcome las entrañas, ¡no tengo por qué hacérmela!¡no es mi pregunta! Si, en cambio, nunca me ha la había hecho, pero en el momento de leerla se estremece mi alma, sé que es una auténtica pregunta que requiere mi atención. La sabiduría en esto consiste en saber que no todos se hacen las mismas preguntas.
    La filosofía es una actividad variopinta que es imposible (y sería indeseable, por cierto) de homogeneizar. Responde a la manera muy personal de enfrentarse al mundo. Cada filósofo debería ser un baluarte de pequeños sistemas filosóficos, ya sean parciales o totales, consistentes o no, eso es lo de menos. Lo importante es la actividad misma de pensar.


domingo, 20 de abril de 2014

Objeción al concepto de "vivir verdaderamente" o Elogio del sedentarismo


Discúlpeseme la asistematicidad de estas reflexiones sobre la vida activa y la inactiva.


I

    Vicente Blasco Ibañez, un hombre de un pundonoroso vigor (político, presidiario, indigente, millonario, fundador de pueblos y, entre todos esos oficios, novelista), dice en una carta, al referirse con un poco de sorna a los literatos empedernidos, lo siguiente: "yo soy un hombre que vive, y además, cuando le queda tiempo para ello, escribe". Identificar la vida, el concepto de vida por antonomasia, con el de la vida activa es esencialmente un error. Esto es lo que intentaré demostrar.
    Como es bien claro, la palabra vida en la cita de Blasco conlleva una carga valorativa con la que comulga la mayoría de la gente. Se cree que la verdadera vida, la auténtica, es aquella que se vive en constante actividad: viajando, gestando proyectos, inventando.
    El origen de este valor, en el plano subjetivo (no intentaré hacer un desarrollo histórico pues sobrepasa mis capacidades) según alcanzo a ver, tiene dos fuentes. La primera es que el que la afirma, como en nuestro ejemplo, sea de ese tipo de personas y justifique su vida identificando la vida misma con el estilo de la suya. La segunda, que el que lo afirma tenga deseo de ejercer una vida así.
    La mayoría de la gente cae en la segunda categoría. La razón es simple: no todos tienen el temperamento o los recursos para ser aventureros. ¿Por qué entonces están convencidos de que la vida activa es lo más deseable, esto es, lo más valioso? Me aventuro a decir que es porque el aventurero es efigie de felicidad y plenitud.
    Se cree que la multitud de experiencias, en un sentido lato, enriquece automáticamente al individuo. Alguien que haya viajado mucho o asistido a muchos talleres es mejor persona, más interesante o plena (sea lo que sea que esto signifique). Lo anterior es falso. Cuando el suelo en donde cae la semilla es infértil por disposición será vano el fruto. Pero, si es fértil, cualquier simiente que caiga se verá ferazmente multiplicada. Así, tenemos un Immanuel Kant, que nunca salió de su pueblo. No soy tan reacio para decir que la diversidad de vivencias no enriquezcan al individuo, sino que ataco la concepción necesaria de esta idea. Quiero decir que un largo historial que experiencias no es equivalente, por implicación, a una vida con más valor.
    ¿Qué nos da derecho para considerar un estilo de vida intrínsecamente más valioso que otro? Desde una ética pragmática o consecuencialista (una que dice que lo importante son las consecuencias de los actos, sin importar la intención, procurando el mayor bien para la mayor cantidad de personas), evidentemente tiene más valor la vida del activo en comparación con la del inactivo. Yo no quiero sostener una ética de ese tipo, ya que mi sentimiento me decanta por propugnar la dignidad de la vida por sí misma. Mi postura no es como la de Spencer, esto es, un evolucionismo cuyo basamento axiomático ( de valor) radica en la vida como fenómeno físico. No me interesa la vida como fenómeno físico, sino como fenómeno moral. Y sólo el ser humano, hasta donde sabemos, es sujeto de moralidad.
    La elección o deseo de un modo de vida descansa en ciertos parámetros personales y sociales. Si por ejemplo, estoy compenetrado con la idea de que una vida aventurera me dará felicidad y soy básicamente infeliz, mi deseo tenderá a entronar este ideal e identificarlo con la idea de la vida; todo lo demás que no cumpla con las características preseñaladas no será vida, sino un remedo de ella. Como ya se vislumbra, la idea de que la vida activa es la vida por excelencia carece de fundamento. Son los prejuicios y deseos colectivos los que le dan vigencia. Cualquier vida humana (dentro de la ética que sostengo) tiene dignidad por sí misma; su valor no es conmutable o equivalente a sus acciones cuantitativamente consideradas, sino a sus intenciones y en último término a la felicidad obtenida de los actos, basados en convicciones reflexionadas y no solamente socialmente impuestas. En estos términos, la vida contemplativa o el sedentarismo no va en zaga a la de talante aventurero.
   
    II

    Ahora viene la parte encomiástica. ¿Por qué el sedentarismo conviene a algunos espíritus faltos de explosividad y de recursos económicos? ¿Y quién mejor que un sedentario avesado para defender esta postura? La inactividad tiene sus ventajas. La autarquía (capacidad para gobernarse a uno mismo), tan ponderada por los estoicos, desempeña un papel insustituible. La vida activa siempre conlleva un salirse de sí mismo. La mitad del éxito de las empresas propuestas, por tanto, se deberá al azar y no sólo al sujeto actuante; en cambio, si se es sedentario, la mayoría de los proyectos dependerán de uno mismo, pues de hecho no hay muchos qué realizar. El autogobierno traerá a la postre una impertérrita tranquilidad. Veamos por qué. La tristeza parece provenir, la mayoría de los casos y cuando no es patológica, de los deseos incumplidos. El sedentario, si ha elegido su modo de vida reflexivamente, verá que obliterando los deseos, que en muchos casos provienen de presiones sociales (como se dijo en el punto anterior) logrará desembarazarse de angustias.
    La vida inactiva, asimismo, está más cercana a la contemplación, último grado de conocimiento postulado por Aristóteles, y también al éxtasis de los místicos medievales. Podemos decir que comulga con ideales de diferentes credos religiosos, aunque si nos adentramos un poco, esto sería inexacto, por ejemplo, interpretaciones del cristianismo recomiendan la vida comunitaria y dinámica en contraposición con la anodina vida del asceta. Dejando de lado esto, hay que aclarar un punto: el sedentarismo no es equivalente al egoísmo y a la desatención por el prójimo. Uno puede estar pletórico de amor y aún así ser inactivo. Cómo es esto posible, es material para otro ensayo, pues habría que analizar qué significa amar y las prácticas para la exteriorización del amor. Sólo baste decir que el compromiso con la humanidad no se ve menoscabado por llevar una postura sedentaria.
    Cerremos el texto con unos de los más famosos versos de Fray Luís de León:
   
    Vivir quiero conmigo
    gozar quiero del bien que debo al cielo
    a solas sin testigo,
    libre de amor, de celo
    de odio, de esperanza, de recelo.

martes, 4 de febrero de 2014

Manual para escribir un ensayo filosófico sin esfuerzo, de tal manera que parezca profundo.



Ahorrémonos el prólogo de reconocimiento con el lector que explica lo difícil que es escribir un ensayo filosófico y cómo las noches de desvelo y las mañana de factura a veces no dan el resultado deseado, y pasemos al quid de nuestro asunto. Divido el ensayo en cuestiones de fondo y de forma, las primeras atañen a la manera de desarrollar el contenido, las segundas son consejos más precisos que te convertirán en todo un amo del discurso profundo.

Cuestiones de fondo:
            En primer lugar, un ensayo profundo (1) debe ser extenso. Nada que valga la pena decirse puede ser despachado en dos o tres cuartillas. No. Hay que envolver al lector en nuestra sapiencia, hacerlo partícipe de nuestra revelación divina, hay que provocarle el mismo estado extático que nosotros sentimos al sumergirnos en el marasmo irrefrenable de un yo plural objetivándose en el logos visual. Esa dialéctica entre el papel y el escribiente debe rendir munificentes frutos, un opimo banquete filosófico que harte la oronda avidez de conocimiento de nuestro lector. Con esto quiero decir que no puedes darte el lujo de ser lacónico, puntual ni ordenado. Deja que la pluma corra incontenible, no te detengas a pensar lo que vas a poner, si lo piensas, es mala señal.
            Como ya dije, hay que evitar todo orden conceptual. Lo profundo no puede ceñirse a los estrictos cánones del discurso, porque es en sí mismo irracional, abierto e inaprensible, inefable si se quiere. En el momento en que notes que has desarrollado un argumento, detente, toma un respiro y no sigas. Puede ser que haya algo en tu corazón que te impela a argumentar. Mata a tu duendecillo lógico, no lo necesitarás. La naturaleza esencial de lo profundo exige el caos.
            La profundidad está tan rodeada de tópicos, que siempre es sensato nombrarlos como un aura que orbita y promete una futura elucidación. Con esto quiero decir que una estrategia útil para desarrollar tu profundidad es arrojar una lluvia de objetivos poco inteligibles, prometiendo su posterior desarrollo a través del texto, pero sin hacerlo realmente. Este mi ensayo que ahora escribo,  y que tú estás leyendo, aunque no lo creas, tiene implicaciones epistemológicas, ontológicas y de corte político-marxista, su esclarecimiento es propio de una ulterior hermenéutica que explicaré en su momento ( no te preocupes, de hecho nunca voy a explicar nada de eso). Sin embargo, nunca digas al principio qué es lo que vas a tratar; el lector se irá dando cuenta de que algo tan profundo como tus pensamientos no admite un plan esquemático de trabajo.
            Por último, tenemos un punto que oscila entre fondo y forma y por eso lo pongo al final. Para agregar un toque intelectual, siempre es bueno utilizar todas las metáforas posibles. Debes exornar tu ensayo como una mañana de otoño ensangrentada con las infinitas lágrimas de los robles evanescentes y moribundos de una Castilla vieja y olvidada.



Cuestiones de forma:
Aquí vale la pena enumerarlas, aunque pierda profundidad en mi ensayo, pues me solazaré con algunos ejemplos precisos (algunos inspirados en textos reales)
1) Comienza tu ensayo con una cita textual. No me refiero a un epígrafe. Empieza propiamente el cuerpo del texto con una cita, de preferencia que sea de algún poeta desconocido, ya sea vanguardista, chino, hindú o, si quieres ser conservador, latino. Con esto manifestarás que el tema a tratar es algo tan profundo que sólo los antiguos y preclaros maestros pudieron entrever, y que es gracias a su frase (que tu reproduces idolátricamente) que se abrieron las puertas a un desarrollo (que por cierto tú haces) verdaderamente cabal.
2) Utilizar palabras o frases en otros idiomas siempre incrementa exponencialmente la profundidad de un texto, sobre todo si las tales no están traducidas y podrían sustituirse con su correspondiente en español sin perder sentido. Minusvalorar la capacidad expresiva del idioma propio es indispensable para hace un ensayo penetrante.
3) Junto con lo anterior, siempre es bueno recurrir a las etimologías, esto es, del griego étimos, que quiere decir verdadero, y logos, que significa palabra. El análisis de las verdaderas palabras (hombre, qué fuerte suena eso) te catapultará a los más recónditos recovecos de la profundidad filosófica. No importa que no sepas muchas, el diccionario de la RAE te proporcionará buenas herramientas, y a veces es tan sólo necesario fingir una íntima identificación con las palabras para cautivar a nuestro especial lector.
4) Los juegos de palabras son muy provechosos, pero no los juegos graciosos, sino los que parecen profundos, aquellos que tejen fino y hacen relaciones tan sutiles que parecen inverosímiles. Existe, sin lugar a dudas alguna cadena de filosofemas que une el concepto “macarrón”, con el concepto “a priori”, no lo dudes. (Yo no la desarrollo porque tal vez necesitaría hacer otro ensayo, y me fatigo.)
5) Pon, coloca, sitúa, materializa, recurre, esgrime, cita, traba, instala, ubica, utiliza la mayor cantidad de sinónimos posibles. Si tu mente está frita, cansada, abrumada,  colmada, embarazada, incómoda o indispuesta, puedes utilizar cualquier diccionario de sinónimos accesible, aprovechable, beneficioso, útil o disponible en Internet.
6) Fragua tus vocablos de tesitura poco técnica y adjetívalos con el primer cultismo que te venga en mente. No definas. La definición es un acto inmarcesible. Lo anterior resulta una herramienta poderosísima en el discurso filosófico profundo: atrae la atención del lector, lo deja estupefacto, dubitativo, no sabe si es tonto o no ha entendido tu ebúrnea y póstuma utilización del lenguaje. (Lo de inmarcesible, ebúrneo y póstumo son ejemplos de esta utilización, por cierto). Sacrifica totalmente la claridad por la poética abstrusa. En palabras claras, no uses las palabras según lo que significan, sino según te venga en gana.
7) Y por último, pero imprescindible, haz oraciones, en cuanto sea posible y la disponibilidad intelectual, no como capacidad racional, sino como habilidad casi de artesano para el discurso, lo permita, lo más largas posibles. Aquí la oración principal era “Haz oraciones lo más largas posibles”, ¿pero por qué dejarla desnuda? No le vienen mal otras tantas oraciones subordinadas, tantas que se pierda el sentido original de la principal. Después de eso. Haz oraciones cortas. Ínfimas. Sí. No. Oscila entre esas dos maneras de expresarte y lograrás mantener la tensión durante todo tu ensayo.

Consideración final:
Debo agradecer, caro lector, que hayas llegado al final de este texto, yo mismo no lo veía. La razón de escribirlo radica en invitarte a la claridad, a la disputa de ideas, no de palabras. Sólo una prosa ágil, en estos tiempos de abundancia verbal, nos permitirá el acceso a una cantidad mayor de lectores. Profundidad no es igual a dificultad. Dejemos las discusiones bizantinas y hagamos filosofía.


(1) Utilizo el término “profundo” queriendo decir “aparentemente profundo”

miércoles, 15 de enero de 2014

Ensayo sobre un perdedor (o palinodia del que nunca dijo nada).


Este es un ensayo sobre un perdedor. No hay misterios, no hay historia, no hay desarrollo ni desenlace, porque los perdedores no tienen historia. El título en sí mismo es ya sintomático: un perdedor queriendo llamar la atención con su miseria emocional desnuda y clamante, escandalosa y amarillista. Busca ser compadecido, pero sin hipocresía, porque ha probado el amargo sabor de la misericordia, que esconde la superioridad ajena. El perdedor no se conmueve de los demás, no compra empatía empaquetada en concursos fotográficos y películas clasificación C, porque conoce la tristeza. El perdedor es un observador frustrado, un ser pasivo. Inconciente de su estado, adjudica a la trama del mundo su infeliz suerte. Las menos de las veces, atiende a que él mismo - tal vez - es causa de su propio mal. Y es doblemente desdichado.
Al perdedor le gusta caminar de espaldas, porque sólo así ve todos los caminos que no tomó, por eso camina lento, tan lento que parece que no avanza. A veces intenta volverse bruscamente, pero cae de narices en el suelo y, adolorido, retoma su parsimonioso paso ciego.
El perdedor no intenta más de dos veces la misma cosa, porque su inducción es apresurada y sabe que es mejor no retar el incomprensible celo del universo de hacer las cosas parecidas. Se rinde fácilmente pues contraviene a su naturaleza no hacerlo. El denuedo y el brío le fueron arrebatados al nacer.
El perdedor ama secretamente. Sabe que su amor es tan grande, que, de dejarlo salir, haría explotar el mundo. Lo dosifica y lo da en pequeñas porciones, tan pequeñas que los demás lo creen mezquino. Pero no hay nada más falso que eso. Él cuenta las tintineantes monedas de su amor y teme que si abre la compuerta de su bóveda, se le escape todo, sin posibilidad de detenerlo o recuperarlo.
Es anónimo. El perdedor borró su propio nombre. Se le olvida que los perdedores no necesitan máscara, pero se empeña en labrar, entre sombras, informes copias de sus interlocutores. Impone la discreta rutina de la variación y el infinito hábito de esperar lo que ya pasó.
El perdedor cumple su preciso papel: dejándose perder, compensa en la balanza del tiempo el enorme esfuerzo de los genios. El perdedor es la infinita raíz de una inmarcesible rosa. No contento con eso, se afana por reproducir su estirpe en invariables ladrillos que sostengan a un sólo hombre.  Al final, secretamente, entiende que el entramado de la existencia es algo demasiado complejo para el alma de un hombre y se deja morir en línea recta.

sábado, 30 de noviembre de 2013

De una luenga cabellera.


Preliminar: un poema que tenía guardado por ahí y ahora lo recupero con algunas modificaciones.

La noche es como su cabello.
Ella, Gea, su cabeza inclina
y sólo cae la oscuridad en la mitad de su faz.
En rizos se multiplica su negrura.
Se desenvuelve la seda opaca
y se confunde con el mar de las estrellas.
Grato es el silencio visual de su madeja,
velo secreto, intransitable.
Veo las ondulantes vetas que violentan
los intersticios del abierto espacio
al rededor de su aura, quimérica y negra,
y no hay hipnótico ingrediente
que pueda más que la fractal
visión de su cabello.

jueves, 28 de noviembre de 2013

No es misterioso el universo.

No es que el universo sea misterioso, lo que pasa es que pensamos que tenemos el derecho tácito de hacerle preguntas. Como niños, creemos tener su consentimiento para interpelarlo, sin embargo, como sabio adulto nos ignora, o contesta con una silenciosa sonrisa a nuestras impertinentes cuestiones. No es que el universo sea un enigma, más misteriosos somos nosotros, que somos universo preguntándose por el universo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Reconvención a la filosofía.


No necesito que un filósofo me diga que la esperanza es una forma de temor y de ignorancia. El hombre no vive sabiendo.No necesito sistemas que me condenen a la soledad y se alcen con soberbio semblante sobre el común de la gente, como si la fútil concatenación e invención de conceptos fuera una forma de felicidad. No necesito comprometerme a la imaginación de las causas primitivas y finales. Porque todo tener razón es una forma de subrepticia violencia. No necesito pensar que el universo y la historia (que acaso sean la misma cosa) obedecen reglas, o que la realidad es un golem informe con la palabra verdad en la frente, o, en fin, que es un infinito laberinto sin centro y sin salida.
No preciso significar la sabiduría para ser sabio.

sábado, 5 de octubre de 2013

Sobre si puede desenamorarse uno por el mero uso de la razón.


Nota previa: Aquí sólo propongo un posible análisis para esclarecer el sentimiento de enamoramiento y así sobreponerse poco a poco a él. Aunque mi tendencia personal es ésta, no soy nadie para ponderar el uso de la razón sobre los sentimientos. Otra cosa que haré notar es que distintingo entre amor y enamoramiento. El amor, en todos sus niveles es harto más complejo y no lo trataré en mi texto.

Por enamoramiento entiendo aquel sentimiento involuntario consistente en un fuerte deseo por una persona, y que procura reciprocidad, dada o pensada la cual resulta la felicidad desbordada del enamorado,  y quitada o pensada como insatisfecha resulta en su tristeza.
Las causas químico-biológica de su aparición son tema que no me atañe. Mi labor sólo consistirá en esbozar cómo se manifiesta mentalmente.
Para facilitar la exposición, inventaré (la literatura lo permite) una enamorada. Su nombre será Marcela, como la enamorada de Grisóstomo (Quijote, Cap.  XIII), que, para estos efectos, poco importa su constitución física y espiritual, sólo hemos de saber que es bella y tiene ciertas gracias y dones.
En primer lugar, vemos a Marcela y acaece una especie de prendimiento involuntario; nos parece de una hermosura inigualable y es ahí cuando se manifiesta la primera proyección.  Marcela es igual a Belleza, y Belleza es igual a Bondad y a Verdad (la triada ontológica de Platón).  Del plano estético pasamos al moral y del moral al epistemológico
            Hasta este punto la enamorada sigue siendo un símbolo de perfección, es una Idea. Falta confrontar esta Idea con la realidad o, como quien dice, hablarle. Si no le hablamos y de ello no se sigue ninguna tristeza, no hay razón para hablarle.
Supongamos que de no hablarle si sigue una tristeza: le hablamos (el éxito  de las primeras tentativas es totalmente impredecible). En el primer encaramiento, la Idea de la enamorada y la enamorada real pueden no diferir, pero, necesariamente, ha de irse modificando nuestra Idea con el paso del tiempo.
            Ya hemos pasado varias conversaciones con Marcela y, aunque su Idea se ha modificado un poco, los datos empíricos que ahora poseemos de ella han enriquecido dicha Idea, o, por lo menos, no la han mermado. En estos momentos es cuando comienza la tarea de buscar la reciprocidad amorosa, de lo cual no hablaré en este texto. (Puede inquirir, caro lector, consejo en mis dos primeros textos de “Trilogía de manuales para el poeta neófito”). Ahora bien, supongamos, como en la historia del Quijote, que Marcela no nos corresponde. Como sabemos, de la no correspondencia amorosa se sigue la tristeza, pero no queremos estar tristes (1). Después de todo larguísimo este preludio, es aquí donde entra el análisis racional para desterrar el enamoramiento, causa de la tristeza.
            Berkeley, influenciado por Locke, entendió que no hay nada en una cosa que no sean sus propiedades. Si le quitamos a una manzana su color, sabor, forma, etc… no nos queda nada; no hay ninguna substancia debajo. Sin embargo, podemos creer que si a Marcela le quitáramos todas sus propiedades, todavía habría una “Marcela” substancial a la cual amar. Nos resistimos a pensar que suceda lo mismo que con la manzana, pero no hay razones fundamentadas para sostener tal intuición. Pensamos que incluso si Marcela cambiara el color de su cabello o aprendiera a bailar o lo que sea, la seguiríamos amando, pero lo que sucede es que tenemos una idea errónea de lo que es Marcela. Marcela es un conjunto de propiedades, de las cuales unas pueden cambiar sin afectar el concepto general de Marcela. Hay un cierto tipo de propiedades esenciales que hacen a Marcela ser Marcela (vaya Dios a saber qué quiere decir esto).
            Las propiedades tienen distintos tipos de relaciones, a las cuales yo llamo acciones.  Por ejemplo, a la relación que tiene la propiedad de ser un lápiz con la propiedad de ser un papel, se le llama escribir (este es un ejemplo demasiado generalizador, puesto que ser lápiz consiste en tener varias propiedades, al igual que ser papel, y la relación en que se encuentran es de contacto directo y movimiento, entre otras cosas)
            Tenemos pues, que Marcela es un conjunto de propiedades y relaciones o acciones (2). Cuando nos enamoramos, nos solemos enamorar de las propiedades. “Qué bella es Marcela, tiene cabello de plata y manos de aurora” decimos, refiriéndonos a sus propiedades; pero, si consideramos el asunto con detenimiento − que es para lo que escribí este texto −  nos daremos cuenta de que, por más idealistas que seamos (en un sentido un poco peyorativo)  es imposible amar solamente a las propiedades. Uno no cohabita con las propiedades per se de otras personas, Toda propiedad siempre se da en una relación, esto es, siempre se convive con las acciones.
            Llegado a este punto podemos ir dilucidando si nuestro enamoramiento es totalmente justificado. Si amamos sus ojos, sus manos, su cabello, etc… Estamos viendo las cosas mal. En esta situación no es más diferente amar a Marcela que a una quimera. Por tanto, si no tenemos contacto con las acciones de Marcela, podemos tomar nuestro enamoramiento por simples imaginerías y desterrarlas con el plumero de la razón. La imaginación en este punto juega un papel pernicioso, pero antes de explicar su funcionamiento al respecto, diremos qué sucede cuando se logra saltar del enamoramiento de las propiedades al de las acciones.
            En el cotidiano “estar-juntos” (3) con Marcela − que es lo que habría de ocurrir si conseguimos su amistad o si el enamoramiento deviene en relación amorosa (pero recordemos que la premisa de este texto es que hay un rechazo palmario por parte de la persona amada) −  estaremos impelidos a enfrentarnos con sus acciones particulares, la cuales, a la postre, modificarán la Idea que tenemos de ella, positiva o negativamente. Si la modifican negativamente, miel sobre hojuelas, la Idea perderá vigor y con ella el enamoramiento. ¡Si no, es hora de utilizar todo el poder de la razón!
            El motivo por el cual el enamoramiento sigue actuando es que se nos ha colado por un intersticio de la mente el líquido maravilloso y funesto de la imaginación. La imaginación (lo supusieron los racionalistas y, después de ellos, Kant) no dejará de tentar al entendimiento y a la voluntad con objetos inexistentes.  En este caso, el objeto inexistente al que nos impulsa es "la correspondencia amorosa de Marcela”. Esto, como sabemos,  tiene existencia actual, pero la imaginación lo coloca como algo posible en sentido moral, en el futuro. La esperanza, ese vicio para Séneca y Spinoza, es la raíz de nuestra tristeza. Así, debemos proscribirla totalmente, sabiendo que nada conocemos del futuro y que cualquier pretensión a imaginarlo es vana.
            Estando concientes de ello, la Idea perderá fuerza con el tiempo y el enamoramiento se irá (o no). Al final, si todo esto no sirvió, usted, caro lector, será la más desgraciada persona del planeta, pero aún puede ser poeta.

(1)   Victor Hugo decía que la melancolía es la felicidad de estar tristes. Para el poeta o el filósofo es productiva la tristeza. Pero hablando en términos generales, nadie la desea naturalmente.
(2)   Cuando ella corre, lee, habla, etc. está disponiendo sus propiedades de tal manera que dicha disposición se manifiesta en una acción.
(3)   Horrible término, pero lo utilizo para no repetir “convivencia”

Gonzalo G.T.

viernes, 2 de agosto de 2013

Soneto de la crema de verduras acompañada con bolillo


Oh, deliciosa crema, con fruición,
panecitos flotan en tu dulzura
¿qué pena o qué amarga amargura
se irán con la postrera deglución

de una clara y divina cucharada
de tu néctar de ambrosía y verdura?
Y es que tu serpenteante finura
ni por fideos ni sopa dorada

es superada, ni aún empatada.
Ay crema, que acompaño con bolillo,
te como con lenta y tan deleitada

paciencia, y cual si fuese un estribillo,
insisto el sorbo con su repetida
melodía de feliz organillo.