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lunes, 2 de enero de 2023

La paradoja de la paradoja de Zenón.


TESIS: Nunca podremos terminar de leer la paradoja de Zenón.
DEMOSTRACIÓN: Para leer la paradoja de Zenón, primero habría que leer la mitad de la paradoja de Zenón, pero para leer la mitad, primero habría que leer la mitad de la mitad, y así ad infinitum (como dicen los chiavos medievales (y los de Telmex (los chiavos))).

COROLARIO: Nunca podremos terminar de leer la demostración sobre la imposibilidad de leer la paradoja de Zenón.
DEMOSTRACIÓN: Para leer la demostración sobre la imposibilidad de leer la paradoja de Zenón, primero habría que leer la mitad de la demostración sobre la imposibilidad de leer la paradoja de Zenón, et cetera. Quod erat demostrandum (como dicen los chiavos spinozistas).

SUBCOROLARIO: Nunca podremos terminar de leer el corolario sobre la imposibilidad, et cetera, et cetera.
DEMOSTRACIÓN: et cetera, et cetera, et cetera. Quod erat demostrandum.

jueves, 25 de febrero de 2021

Dos adivinanzas consabidas

    En mi tierna infancia se pasaba de boca en boca la siguiente adivinanza: "Agua pasa por mi casa, cate de mi corazón, al que no me la adivine, le doy un coscorrón". Misterio recóndito era el por qué pasaría agua por mi casa. ¿Habría algún tipo de riachuelo cerca? En un caso más infausto, ¿un drenaje? ¿Pasaba el agua por debajo o a un lado? Todas estas preguntas permanecieron sin respuesta, aunque no cimbraban de manera particular mi visión de la realidad. Otra cosa era el ignoto vocablo "cate". "¿Qué es un cate?" Preguntaba yo sin que nadie pudiera darme respuesta, y ¿por qué le pertenecería a mi corazón? Qué ensalmo o mágica virtud le había abierto al "cate" un lugar entre las cosas de mi íntima devoción sin que yo mismo lo notara? Años después, caí en la cuenta de que "cate" era el golpe o bofetada dada con alevosía y casi burlona tiranía a alguien, como en la oración "Su mamá le dio un cate por andar de irrespetuoso." Pero, ¿por qué mi corazón recibiría una bofetada? ¿Será una metáfora de alguna insólita palpitación, una arritmia pasional? En fin, al menos eso explicaba un poco por qué aquel que pergeñaba la adivinanza amenazaba con coscorrones al interlocutor vencido. Tal vez el cate del corazón pasaba a ser propiedad del otro, como una especie de inveterada maldición. Todo esto son suposiciones, cuya verdad, pienso, jamás develaremos.

    Otro caso era el de la adivinanza: "Entra por el mar, sale por la garita. ¿Qué es?". Aquí no había amenazas perentorias, pero sí otro vocablo extraterrestre: garita. Gracias al diccionario descubrí que se trataba de una torre o casilla para los vigilantes. A pesar del esclarecimiento, otras perplejidades brotaron: ¿por qué alguien entraría por el mar y saldría por la garita? ¿No parece más lógico que fuera al revés? Se entraría a la garita y se saldría por el mar. Y, salvo que la susodicha garita fuese algún tipo de portal, esto no tiene ni pies ni cabeza. El pasmo de este misterio no me ha dejado desde entonces y un paliativo sólo vendría de preguntarle a Margarita por sus extraños hábitos de traslación. 

martes, 28 de enero de 2020

La Memeteca de Babel

En una tarde cenicienta en la que revisaba consuetudinariamente mis redes sociales, un correo de remitente ignoto se apersonó en mi bandeja de entrada. El mensaje era escueto y preciso: "Entre a este enlace para ver la Memeteca de Babel", seguido de un hipervínculo poblado de vagos caracteres alfanuméricos. Ante tal suceso no pude más que pensar que se trataba de un virus. Desoí la voz de la curiosidad y borré el mensaje. A la mañana siguiente, noté que la misiva virtual ocupaba de nuevo el lugar privilegiado en la lista de novedades. Por alguna razón, había traspasado el umbral ardiente del correo no deseado y yacía ahí, con su oronda presencia abultando los bits de espacio de algún servidor de correo. Obliterado el mensaje de nuevo con un simple clic, me dispuse a consumir el día con nimiedades. No pasaron muchas horas cuando volví a recibir el trasunto de aquel endriago electrónico. Al anochecer, toda la bandeja rebosaba del mismo lacónico mensaje. Más harto que anhelante, resolví darle fin al asunto y ver de qué se trataba. Me arrellané en el sofá y, con el portátil en las piernas, abrí el fatal enlace.
    Mi primera impresión fue la del alivio indiferente. Se trataba de una página de memes como cualquier otra, intitulada "La Memeteca de Babel"; pero cuál sería mi asombro cuando, al desplazarme unos cuantos memes abajo, una poderosa fuerza procrastinadora se apoderó de mí. Sin siquiera notarlo, la oz del cielo trasegó su líquida luz a través de las constelaciones y fue sustituida por el supremo astro celestre. Pasé paulatinamente de un intranquilo pasmo a la inaudible pavura propia de un reo que se sabe perdido: estaba condenado a ver memes para la eternidad. 
    Al principio, pensé que había de llegar un punto en que la página alcanzara los memes primigenios, como el "forever alone" o el "fuck yeah", y con ello mi suplicio acabaría, pero en el fluir de este río protervo, como el de Heráclito, pero más gracioso, me apercibí de que mi expectación estaba infundada. Los memes nunca se repetían y no parecía haber un orden cronológico ni temático. Había memes de perritos shiba inu, de Pikachu sorprendido, de hide the pain Harold, del novio infiel, de no lo sé Rick, de la llama ola k ase, de la rana triste Pepe, del tema de Drake, de la tipa que echa cuentas en la cabeza, del starter pack, de los Simpsons. Y cada uno era más original e irónico que el anterior. Mi sorpresa se duplicó cuando descubrí que, dentro del sitio, no sólo era posible desplazarse hacía abajo, sino también a la derecha y a la izquierda. Como era de esperarse, estas direcciones tampoco tenían consumación. 
    He dicho que los memes no se repetían, pero tal vez incurrí en una inexactitud. Había memes que volvían a hacer su aparición, pero no eran exactamente el mismo meme, por ejemplo, si veía un meme de la mujer gritándole a un gato y, después, uno de Vamo a calmarno, este segundo, incluso detentando un contenido lingüístico idéntico al mostrado varios miles de memes atrás, era distinto, pues adquiría mayor relieve, dada la situación de tensión inmediatamente precedente. La yuxtaposición de unos memes con otros hacía aún más hilarante la experiencia memística y, como afirmaría Pierre Menard, un mismo meme no es el mismo visto desde otra perspectiva. Lo insólito aquí era que esa perspectiva eran otros memes.
    Podría pensar el lector que lo anterior bastaría para precipitar al vértigo más insoportable a cualquier espectador, pero eso no era todo. También había metamemes. Memes que hacían burla de otros memes: memes de segundo orden, de tercer orden, de cuarto orden, ad infinitum. Las más fundamentales leyes de la lógica palidecían en esta página. 
    Esporádicamente aparecían memes quimeras: hechos con los despojos de otros memes no tan divertidos, pero dada la armoniosa hechura le sacaban a uno una sincera carcajada. Había memes políticamente incorrectos y memes censurando la incorrección política de aquellos. Había, claro está, memes que se burlaban de la mojigatería de aquéllos y otros más que se burlaban de la hipocresía de estos últimos. Los había, también, en distintos tamaños, desde los pixelados hasta los high definition 4K. Los gifs no le iban en zaga a las imágenes estáticas y encontrábanse desde situaciones cíclicas hasta simples narraciones visuales lineales. Una noche estuve viendo un gif que duraba 7 horas. No me arrepiento. 
    Abandoné por completo mis otras redes sociales, y los mensajes del whatsapp se apiñaban con su carmín alerta notificadora. Pronto perdí mi trabajo, pero mis ahorros de toda la vida hicieron las veces de inflable salvífico. Ver imágenes chistosas era la única empresa que consumía mis horas. En ocasiones, quería regresar a ver algún meme para revivir la experiencia gozosa de su contemplación, pero nunca lo encontraba. Era como si su lugar cambiara perennemente, como si la página misma fuera un organismo vivo, procreador de sus vástagos memes. Ante este desaliento, tomé la resolución de guardar los que más me gustaban en mi computador. Al cabo de unas semanas, el disco duro estaba lleno y comencé a llenar USBs. Después de agotar unas cuantas, me vi en la imperiosa necesidad de comprar discos duros externos. No bien pasaron unos meses, los pequeños paralelepípedos metálicos pululaban por la casa ante mi fallido intento de darles algún orden.
    Supuse que, ya que los memes eran infinitos, habría algún algoritmo secreto que los multiplicaba. Aprendí de memoria las principales combinaciones de situaciones, texto, imagen y contexto circundante. Justo cuando creía divisar alguna regularidad, —por sólo sabe Dios qué metafísico y nefando milagro— cimbraba toda mi elucubración la presencia de algún meme que decía: "Cuando quieres descubrir el algoritmo de la Memeteca de Babel" y una imagen graciosa. Asimismo, acaricié la idea de comenzar a hacer mis propios memes, pero la mera noción de que la página era infinita desalentaba mis fuerzas. La razón era muy sencilla. Si la página era infinita, contenía todo meme posible habido y por haber; cualquier intento de crear un meme nuevo era una afrenta vacua contra el principio ochkamiano de multiplicación de los entes. Para hacer frente a este pensamiento se me ocurrió usar la plantilla del papá de Timmy (el de Padrinos Mágicos) entrando por la fuerza a su cuarto, con la leyenda: "Entiendo que contienes todos los memes del universo, pero reafirmo mi autoridad creando un meme de todos modos". Inútil decir que nunca la diseñé.
    A veces, pocas, hago otras cosas, como escribir. Pero incluso mientras lo hago veo unos memes en pantalla dividida. 
    Sé que mis días terminarán pronto y sólo quiero advertir con mi relato de los lancinantes estragos de esta página. No me malentienda el lector, he pasado los momentos más felices de mi vida en ella, pero otras almas más febles tal vez no la soportarían. Cuenta una leyenda bíblica que en presencia directa de Dios nuestro pobre ser perecería calcinado. Esta página es la punta del manto divino que Dios accedió mostrar a Moisés. Se nos disuelve la vida en el apopléjico recogimiento de su contemplación. La rueda de mi mouse se ha desgastado hasta decaer. Pasé a usar el puntero para tomar la barra de desplazamiento lateral, mas el botón izquierdo dejó de funcionar. Configuré el mouse para poder usar el derecho, que corrió la misma suerte. Hasta utilicé las flechas del teclado. Ahora la flecha de abajo no es más que una oquedad en el plástico. Sólo me queda expresar, con el corazón desprendido entre mis manos, aquello del inveterado meme: "Fffffffuuuuuuuu-"

sábado, 4 de enero de 2020

¿Para qué sirve la filosofía?

Todo filósofo en algún momento de su existencia ha de toparse con la pregunta "¿Para qué sirve la filosofía?" La pregunta, como muchas otras, es de por sí una pregunta filosófica y, como muchas otras -otra vez- preguntas filosóficas, tiene truco. La respuesta tendrá que darla el filósofo, claro está, y nada tiene de raro, pero debe cambiar según qué arquero lance la flecha. Consideraré aquí tres posiciones.

1. Una persona de alguna cultura y consciente del valor de la reflexión pregunta al filósofo "¿Para qué sirve la filosofía?".
En tal caso, la persona podría no querer más que cimentar alguna creencia ya asumida. Tal vez la persona crea que la filosofía tiene algún valor, y, como persona culta que es, necesita una respuesta para fundamentar su creencia. O tal vez simplemente quiere ver si el filósofo es tan inteligente como dice y puede justificar su propia labor. Sea cual fuere el caso, un razonamiento sencillo y eficaz se ofrece como respuesta.
Si uno pregunta "¿Para qué sirve la filosofía?", ¿no estaría ya haciendo filosofía? Porque el cuestionarse sobre las cosas es hacer filosofía, ¿qué no? Además si se pretendiera dar una respuesta, ésta tendría que provenir de la reflexión, es decir, ¡más filosofía! Y si quisiéramos evaluar la cabalidad o mediocridad de la respuesta... ¿adivinan? Ya saben el resto. El punto central es que quien quisiera negar la utilidad absoluta de la filosofía tendría que negar a priori la posibilidad misma de que la pregunta fuera inteligible y de que pudiera darse, a su vez, una respuesta coherente a ella.

2. Una persona de pocas letras pregunta "¿Para qué sirve la filosofía?", como quien pregunta "¿Para qué sirve este botón?" cuando ve una máquina desconocida.
En tal caso, el razonamiento abstracto haría poca mella en el afable campo inculto de su entendimiento (lo cual no significa necesariamente que la persona sea tonta; el mero hecho de preguntar es ya un signo de inteligencia agazapada). La respuesta, pues, debe correr pareja con lo tangible, es decir, con los ejemplos. Digamos que la filosofía permite cambiar la manera de pensar de las personas; nos permite ver los asuntos cotidianos con otra lupa, y con ello, la manera en que nos comportamos con otras personas y con nuestro entorno, en fin, nos permite modificar la desde nuestra propia conducta, hasta la sociedad, el gobierno, etc. Por ejemplo, gracias al pensamiento filosófico fueron posibles las Revoluciones, como la francesa o la mexicana. Otro ejemplo de distinto tenor sería el caso de las computadoras; éstas funcionan con lógica (el sistema binario con el que trabajan las computadores es un obsequio de la filosofía al mundo), y la lógica es una rama de la filosofía...

3. En último lugar, tenemos el filósofo que se pregunta a sí mismo "¿Para qué sirve la filosofía?"
Esta pregunta suele estar aparejada a algún tipo de crisis existencial. El filósofo busca un asidero conceptual que lo redima para siempre. La interrogante, generalmente, surge de entrever la falta de justificación de la propia vocación y, con ella, la falta de sentido de la vida toda. El filósofo puede hallar sosiego en alguna de las dos respuestas anteriores. O bien la filosofía se justifica a sí misma mediante una especie de boomerang conceptual: el lanzar la pregunta es obtener la respuesta; o bien, las empresas sociales empapadas de filosofía, en que se disuelve el individuo, dan valor a la idea, concretizándola.
Pero quien sienta profundamente la pregunta no dará por buenas estas alternativas. Y esto es porque la pregunta misma es deficiente.
Un análisis más profundo nos llevaría a desenterrar el siguiente razonamiento:
     1) Valor es igual a utilidad.
     2) Si la filosofía ha de ser valiosa, sólo podrá serlo en virtud  de su utilidad.
     3) La filosofía es útil por X o por Y, por tanto, es valiosa.
Si cimbramos la roca angular de esta idea, caerá el edificio completo. ¿Son realmente equivalentes el valor y la utilidad? Parece que todo lo útil es valioso, pero la inversa no tiene por qué ser verdad, al menos no es obvio que lo sea. Entrar en la discusión sería zambullirse de lleno en arenas movedizas, pero me basta evidenciar el prejuicio (1). La pregunta por la utilidad de la filosofía es un cuestionamiento sobre su valor. "¿Para qué sirve la filosofía?" es como decir "¿por qué debería aprender filosofía?", "¿por qué debería hacerse filosofía?", "¿por qué hay gente en las universidades a las que les pagan por hacerla?", en fin, "¿para qué nos sirven todas esas cosas?". Si ya hemos agujereado la premisa sobre la que se sostienen esas dudas, y un pequeño agujero es más que suficiente, podemos dar la respuesta más sincera posible: la filosofía no sirve para nada, pero ¿qué haríamos sin ella?

martes, 16 de julio de 2019

Pesimismo, optimismo y pesimismo alegre (Dedicado a mis alumnos)

A mis alumnos.
I
Hace no mucho tiempo, cuando daba cursos de Español y Filosofía, me gustaba comenzar haciendo a mis alumnos una pregunta: "¿Te consideras optimista o pesimista?"  Consciente de la vaguedad de la pregunta, los dejaba, precisamente, divagar un rato al respecto. Las respuestas que recibía a veces eran interesantes. La mayoría no tenía clara su postura. Otros eran pesimistas convencidos y otros más, optimistas inocentemente audaces. Los menos apelaban a una especie de "justo medio": ser realista. La respuesta parecía delatar un miedo a caer en el subjetivismo del pesimismo o del optimismo. Pero también tenía la desventaja de creer ingenuamente en la objetividad. Para dirimir la cuestión, me gustaba citar unas palabras de Chesterton que, por extensas, resumo en las mías propias según puedo recordarlas: los optimistas son como funcionarios públicos que transigen con los  errores de sus superiores; para ellos todo está bien, excepto los pesimistas; éstos, por su lado, son como consejeros con prerrogativas excesivas para censurar y con un constante empeño de disuadir a los hombres de hacer cualquier acción heroica; para ellos, todo está mal, excepto ellos mismos.
Así pintados, los optimistas quedan como pusilánimes, mientras que los pesimistas como soberbios amargados. ¿Qué elegir, entonces? La respuesta de Chesterton: hay que comenzar admitiendo que todo está mal, pero podría estar bien.
La reflexión en clase solía acabar ahí, y a los que me devolvían la pregunta solía contestarles con inocua ironía que yo llamaba a mi propia postura "pesimismo alegre". La intención de este escrito es esbozar un poco más allá de la mera denominación en qué consistiría este pesimismo alegre.

II
"Pesimismo" y "optimismo" son, como muchas otras palabras, multívocas, es decir, que tienen distintos significados según el contexto en que se usen. En esta situación, se usa en el sentido de cómo "vemos" (tiempo presente) y "prevemos" (tiempo futuro) el mundo. Si uno es un optimista cabal, el mundo es un lugar de por sí agradable y tiende a su perfeccionamiento natural. Si es pesimista, el mundo es un valle de lágrimas y no hay razones para pensar que cambiará. Es claro que podríamos hablar de interpretaciones optimistas o pesimistas del pasado, pero en sentido estricto nuestros términos se aplican a situaciones presentes y futuras (uno no es optimista -en este tiempo presente- acerca de la conquista en América, aunque puede serlo acerca de una interpretación de ésta). Me parece, pues, que discurrir sobre este último punto es derramar minucias fuera del recipiente de la sensatez.
A pesar de esto, el peso de la palabra recae sobre lo que se prevé. Si las cosas van muy mal, pero se tiene esperanza (generalmente infundada) de mejoría, entonces se es optimista. Si las cosas van palmariamente bien, pero se ve una imposibilidad (generalmente infundada) de que lleguen a buen término, se es pesimista.
El realismo, visión que yo he tildado de ingenua, tendría su fundamento en la fundamentación. Esto suena a burla, pero la idea muy sencilla: si algo va bien y hay buenas razones para pensar que mejorará, entonces se es realista. Si algo va mal y hay buenas razones para pensar que empeorará, entonces se es realista. Invito al lector a que haga los últimos dos cruces de conceptos, que también serían realistas. La idea importante es que haya buenas razones para pensar X o Y. Pero... ¿qué es una buena razón?... He ahí el meollo... 

III
Con una rápida y superficial ojeada a la historia de la filosofía podemos detectar una oscilación entre estos polos. Sócrates, ante su muerte, Platón y su ciudad perfecta, Aristóteles y su proyecto de alcanzar la sabiduría, son optimistas. Epicuro, con su dios indiferente, y los estoicos, con su mundo que crece y sucumbe ante las leyes del determinismo, son pesimistas. La mayoría de los medievales son optimistas, lo mismo que los filósofos del Renacimiento y la Modernidad. Esto llega a su cúspide con Leibniz, ¡para quien habitábamos el mejor de los mundos posibles!, y con Kant, para quien la unión racional entre todos los hombres nos llevaría a la paz perpetua. Estos siglos tienen su contrapeso con Schopenhauer y su mundo de voluntad ciega y sin propósito; y con Nietzsche, crítico implacable de la cultura, aunque difícil de colocar en nuestra dicotomía. En la época contemporánea la cosa se pone más compleja (y no es que no lo haya sido en la antigüedad). Los filósofos posmodernos, prestidigitadores del discurso, serían pesimistas,  mientras que los analíticos, la hidra de la verdad, serían optimistas.
Aunque estoy mezclando varios niveles de optimismo y pesimismo y forzando la interpretación, la idea que quiero expresar es clara. Los intentos por encontrar un justo medio siempre son problemáticos. Por ejemplo, bien vista, la postura de Chesterton es algo así como un optimismo moderado. Intenta mezclar la visión "realista" presente, normalmente adjudicada al pesimismo, con el espíritu efusivo y proyectivo del optimismo.

IV
Por últmo, mi propia postura, que despacharé con un plumazo (pues es lo que se suele hacer cuando uno no esta seguro de lo que dice), consiste en dos puntos: aceptar el pesimismo con su ardua naturaleza, y cambiar el valor que este conlleva. Si el pesimismo es una "visión" del mundo, el pesimismo alegre consistiría en cambiar la "visión" de esa "visión". Es decir, se centraría en cuestionar la valoración, no del mundo presente o futuro, sino del pesimismo mismo. Ser pesimista no es algo negativo per se, no hay que ser necesariamente soberbios, amargados o resentidos. Hay que buscar asintóticamente (esto es, tal vez sin poder alcanzarlo nunca) el desengaño personal. El místico alemán Meister Eckhart decía que si queríamos consolarnos sólo hacía falta ver el sufrimiento del otro. Tal vez esto no parecería muy justo ni virtuoso ni sabio (¡y eso que lo dijo un místico!) Pero esconde una verdad impagable. La vida es mayormente lucha y sufrimiento, sí, pero no sólo. Entender que existen los otros y que el sufrimiento no es una cuestión únicamente personal, puede hacer más llevadera esta existencia. La tradición cristiana reconoce que lo único realmente nuestro es el sufrimiento. Pero también debemos reconocer que lo único que realmente podemos compartir es la alegría. La vida o el mundo es un espejo roto, pero gracias a ello, no sólo vemos nuestro propio rostro, sino que atisbamos el de los demás. Los otros son el infierno, pero también el paraíso, un paraíso pequeño, del tamaño de una flor, pero paraíso al fin y al cabo. En palabras magistrales de Leonard Cohen: "There is a crack in everything, that's how the light gets in" (Hay una grieta en todo, así es como entra la luz).
Por último, por segunda vez, pero no menos importante: si la denominación "pesimismo alegre" le parece demasiado septentrional, podemos tropicalizar el nombre, podemos llamarlo "pesimismo campechano" ¿Qué le parece?

domingo, 16 de junio de 2019

Sobre libros intonsos y la labor de la filosofía

Se le llama "intonso" a un libro encuadernado de tal manera que no se le han cortado los pliegos de las páginas. Esto quiere decir que, por ejemplo, las página 2 y 3 vienen unidas por el margen exterior, de tal modo que para separarlas hay que pasarle una navaja. Así, si no se han separado, sólo se pueden leer las páginas 1 y 4.
    Antes de los años 60's no era raro que se vendieran libros intonsos, y actualmente, con un poco de suerte, uno puede encontrar ese tipo de ejemplares en las librerías de viejos.
    El caso aquí es que yo me compré un pequeño libro de este talante: "El puesto del hombre en el cosmos" de Scheler; una ardua obra de filosofía técnica, ya clásica dentro de la tradición axiológica.  Y aquí es cuando comienza mi elucubración, que nada tiene que ver con el contenido del libro.
    Como suele suceder con lecturas que han pertenecido a otra biblioteca, ésta estaba prolijamente subrayada y anotada con tinta (la pertinencia o no de tal práctica polariza a los bibliófilos, por lo que no daré mi opinión al respecto). Pero si el lector me ha seguido con atención hasta ahora no puede más que hacer el siguiente razonamiento, cuya sistematización le ahorro yo:

1) Si el libro está subrayado, entonces es verosímil pensar que fue leído.
2) Un libro intonso no puede ser leído correctamente por el problema ya aludido.
3) Es un hecho que el libro que me compré era intonso y estaba subrayado.
Esto nos deja con la perplejidad de un objeto instanciando una paradoja.
Pido al lector que antes de continuar visualice mentalmente con claridad la situación que le acabo de presentar, pues gran parte de la argumentación que sigue depende de ello.

Existen dos posibilidades:

Primera posibilidad: el sujeto en cuestión subrayó pasajes al azar para aparentar que sí leyó el libro, o simplemente porque le gusta subrayar libros en pasaje aleatorios. Esta queda descartada por implausible y porque realmente no explica demasiado.

Segunda posibilidad: el libro fue de hecho leído, pero no cabalmente, de lo que se desprende que el lector:
a) Era consciente de que no leyó el libro correctamente, pero aun así no quiso cortar las páginas.
b) Era un ignorante redomado y no sabía que a los libros así hay que separarle las páginas.
b.1) Atenuando el apelativo de ignorante, simplemente diríamos que era extremadamente distraído y leyó el libro saltando páginas ocasionalmente.

Discutamos primero la hipótesis a). Uno podría argüir que el lector era algún tipo de coleccionista tiquismiquis que quería preservar en estado de virginidad inmaculada su ejemplar y por eso decidió no cortar las páginas. Pero esta hipótesis queda descartada, puesto que un coleccionista así no se atrevería a mancillar con tinta su ídolo. Por tanto, no es plausible pensar que era algún tipo de bibliófilo.

Aunque, para alguno que esto lea, la hipótesis b) podría parecerle la más acertada, yo la voy a descartar por poco caritativa. Uno no simplemente postula la estupidez como la mejor explicación. Independientemente de que esto pueda ser cierto en algunos casos, no hace justicia a la complejidad de la experiencia humana. Es por ello que me adelanté y desplegué la hipótesis b.1), a mí ver, la más interesante, por lo siguiente.
    Supongamos que el antiguo dueño y señor de mi libro era rotundamente distraído, con una distracción oronda, turgente, casi palpable, y no se dio cuenta de que se saltaba algunas páginas en su difícil lectura (recordemos que la temática es filosófica, es decir, nada sencilla), porque ¿quién se anda fijando en el número de la página mientras lee? Supongamos, pues, también, que él no tenía ese hábito. No notó que después de terminar de leer la página 41, digamos, pasaba a la 44. Y así siguió hasta que terminó el libro. Imaginemos a este pobre lector conturbado, con el ánimo oscilante entre la desazón y desamparo. Poco ha de haber comprendido pese a sus esfuerzos de rotular lo más relevante con su perentorio bolígrafo azul. Al final, decidió malbaratar su adquisición a un librería de viejos, y pasados los años llegó a mí, el que esto escribe.
    Lo anterior da lugar a una reflexión filosófica nada ociosa. ¿En qué medida la complejidad, la oscuridad y la profundidad se han confundido en filosofía, al grado de que un lector no se diera cuenta de que a su lectura le faltaban fragmentos considerables de texto? Si el sujeto llegó al final del libro sin dudar sobre la coherencia de lo leído es que habrá que cuestionar, por un lado, los hábitos de lectura del susodicho, pero también, por otro, nuestra noción común de filosofía.
    No parece absurdo imaginar que el sujeto continuó la lectura, a pesar de tener serias lagunas en el contenido, con la esperanza de que si seguía leyendo lograría "entender" lo que el filósofo quería decirle. Este fenómeno es bautizado por Dan Sperberg como "efecto gurú". Cuando consideramos que algún discurso es demasiado oscuro, pero no queremos negarle su estatuto de inteligibilidad (es decir, de que tiene algo que decirnos), simplemente le atribuímos algún grado de profundidad accesible sólo para los iniciados. Si nos esforzamos, creemos, lograremos acceder al conocimiento arcano que nos ofrece el gurú.
    Otro fenómeno que es relevante comentar en confabulación con el anterior es el de la "justificación del esfuerzo". Tal vez el lector invirtió tanto esfuerzo en hacer sentido a su parca lectura que no quiso dejarla inconclusa y, con un denuedo monumental, dio algún sentido (que tal vez podríamos reconstruir con base en sus subrayados) a sus pensamientos. O tal vez sencillamente el libro le costó muy caro y sentía el deber de terminarlo, ¿quién sabe?
    El punto medular aquí es que en algún momento de su vida, se le enseñó a este desavisado hombre que la filosofía es difícil y profunda, que los filósofos se expresan de manera fragmentaria, elusiva y oscura, en fin, que son algún tipo de gurú.
    Voy a dejar al que esto lee que saque todas las consecuencias sociales, estéticas, políticas, etc. de lo expuesto, pues serían material para otro ensayo que tal vez algún día escriba.
    Para concluir, una exhortación: una de las tantas responsabilidades como filósofos es la de desmantelar esta idea imprecisa y nebulosa sobre nuestra labor. Desafortunadamente, hay colegas, no faltos de inteligencia, por cierto, que también comparten aquella visión. Tal vez haría falta esclarecer el concepto mismo de "claridad", empresa para la cual no tengo ni la más lívida idea de cómo comenzar. Ni siquiera estoy seguro de si he sido lo suficientemente claro al respecto, pero, en fin, en el principio era el caos y con el caos, la duda y con la duda, el movimiento.

Una última hipótesis que no consideré y que quedaría en la vigilia de otras manos más aptas para la ciencia ficción que las mías es:
c) El lector tenía alguna habilidad sobrehumana para leer páginas unidas y en realidad sí leyó todo el libro, lo comprendió y actualmente es un prominente filósofo que da cátedra sobre Scheler en alguna universidad hispanohablante.

viernes, 24 de mayo de 2019

Dos décimas para la tristeza

I.
Hoy te canto, ¡ay tristeza!,
tiempo ha que no nos hablamos.
Pero si somos hermanos,
no resulta gran rareza
que te vuelva a procurar
después de andar, ¡ay de andar!,
bajo la brisa lunar,
en el polvo lastimero
de un corazón caminero
que dejó de caminar.

II.
No hay cielo más nocturno
que el cóncavo desaliento
de un oscuro monumento
en honor al taciturno
desazón de amor en turno:
una ausencia en carne viva,
pasión sometida a criba,
una plaza sin juglar,
un lamento en singular,
verbo en copretérito: iba.

martes, 30 de abril de 2019

Sobre por qué me gusta Charlie Brown


Me gusta Charlie Brown porque es como la vida. A diferencia de otras historietas y animaciones, Charlie Brown no es un héroe al que sabemos victorioso después de la extenuante batalla contra el infortunio. Charlie Brown tiene debilidades que nunca serán equilibradas por sus fortalezas. No es un gran líder. No es singularmente hábil para los deportes ni las artes. Sus ansiedades (al cuadrado) ante el amor lo confinan a proyectos fracasados con la niñita colorina. Tiene inseguridades y se sabe inseguro, lo que lo hace aún más inseguro. Se deprime, apoya su cabeza sobre el brazo y mira al espacio. Va al psiquiatra, pero su psiquiatra es la misma persona que se burla de él. Como el filósofo, Charlie Brown duda, aunque termina aceptando el rumbo de las cosas; porque sabe que de todos los Charlie Browns en el mundo él es el más Charlie Brown. Tuvo la mala suerte de no ser Snoopy, porque, claro, Snoopy es un perro, lo que es lo mismo, es perfecto.
Irremediable en el fracaso, Charlie Brown es una apología de la decepción. Pero está libre de hipocresías y cinismos. O mejor, es una reconvención a la idea de la decepción.  Nos enseña que la diversión y la risa no se cifran en la victoria, sino en el vaivén. Carlyle decía que los actos del ser humano son deleznables, pero la ejecución de dichos actos es importante. Porque lo importante no es ganar el partido, sino jugar; no es que la cometa esté en el aire, sino correr para que el viento la abrace; no es que la niñita colorina le haga caso a uno, sino escribir cartas y comprar chocolates, no importa si son o no entregados.  La vida de Charlie Brown tiene el sabor de una melancólica inocencia, y aunque privada de los medios para triunfar, porta la más humana de las virtudes: la perseverancia.

jueves, 14 de marzo de 2019

Notas para una apología de la duda

Me gustan las personas que dudan. Quien nunca ha dudado, ¿cómo puede entender la no-posibilidad? Aquella no-posibilidad que cercena en un relámpago o menoscaba con la morosidad de la arena. La duda nos hace más empáticos, nos pone en el abismo de la incertidumbre, donde indefectiblemente habitamos y habita el otro. Pero no sólo eso. Dudar de uno mismo, de la propia vocación, nos cura del dogmatismo insano de la soberbia y la ignorancia. El desasosiego, casi doloroso, de la auténtica duda nos impulsa hacia adelante. Pero evita el camino intransigente del geométrico ferrocarril, un camino rotundo, un ansia cobarde. La duda, en cambio, tiene su derrotero dibujado en el errabundo aleteo de un colibrí.
Permitirse dudar es el patrimonio del pequeño filósofo agazapado en el corazón. Es una tierra quebrada, pero cuyas grietas esconden subterráneos ríos.
"Reconcomio" es la palabra musical que designa esta agitación moral cuando la duda se filtra. Reconcomio es lo que siente aquel que pensando hacer lo correcto por atávicas costumbres se detiene a cuestionarse; es lo que nace en la piel del saliente bachiller al presentársele la elección de su profesión; es el aguijón socrático.
Escribe Lessing que si Dios le presentara en una mano la Verdad y en la otra  el impulso que mueve a ella, siempre elegiría la segunda. Supongamos que esto sucede. Al recibir este don, Lessing necesariamente habría de dudar del Donador mismo. Pues el Donador es la Verdad. Pero un secreto poder lo atraería a él, como los planteas que caen, tras incontables vueltas, al centro de donde surgieron.
Me gustan las personas que dudan sinceramente, pues el orgullo les es ajeno y se visten con la indumentaria de la honradez.

jueves, 3 de enero de 2019

Problema y misterio en la amistad.


Gabriel Marcel distinguía entre un problema (situación que tiene una respuesta objetiva, o más o menos objetiva) y un misterio (interrogante ante la cual no podemos responder objetivamente, pero que se impone con el hierro de la existencia). Una solemne tradición filosófica reputó esto último de pseudoproblema, falso problema. Y efectivamente lo es. Pero no por ello desmerece nuestra atención. Uno de estos misterios es el de la amistad. El desear el bienestar a otro, por el mero hecho de hacerlo, sin egoísmo solapado, sin ardides, tiene algo de inexplicable. El recordar en una noche de ceniza y desear felicidad para otro, y con ello, hacer florecer la felicidad en el propio corazón: en eso consiste el misterio. Puede aplicársele a esto lo de aquel famoso soneto:

"No me tienes que dar porque te quiera,
 pues aunque lo que espero no esperara,
 lo mismo que te quiero te quisiera."

Razón tenía Séneca al afirmar que "El amigo se ha de poseer en el corazón y el corazón nunca está ausente".