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viernes, 21 de julio de 2023

La importancia de tener la razón


Nota sobre la composición de este texto: la idea de escribirlo surgió de una plática donde mi amiga Montserrat intentaba recordar el título de alguno de mis ensayos. Entre sus estimaciones, arrojó: "¿no se llama La importancia de tener la razón?" Le dije que no, pero que sería un buen título para un texto. Nos retamos a escribir, cada uno, algo con dicho título, y este es el resultado. He aquí su texto: https://montserratsalazar.com/2023/07/22/la-importancia-de-tener-la-razon/. Y he aquí el mío.

    Empecemos imaginando dos personas que discuten y se disputan la jurisdicción sobre un terreno elusivo: la razón. Este es el fenómeno que ahora abordaremos. ¿Qué es tener la razón? Si me lo preguntan, no lo sé, pero encaremos el tema desde otra óptica...
    En el primero de los “Cuadernos” del Diario Íntimo de Miguel de Unamuno, encontramos escrito: “Hay que buscar la verdad y no la razón de las cosas, y la verdad se busca con la humildad.” Puede o no impactarnos esta frase, podemos estar de acuerdo o no, pero la diferencia que se hace entre “verdad” y “razón” no deja de ser interesante (aunque no intentaré definir estas nociones). Una forma de interpretar este aforismo es la siguiente: hay que buscar lo esencial de las cosas y no sólo sus causas inmediatas, ir a la profundidad y no quedarnos con lo superficial. Esto suena bien, pero en tal caso la humildad no tendría mucho sentido en la frase, porque las causas también pueden buscarse humildemente; es más, a veces la verdad se encuentra superficialmente, y una pretensión excesiva de profundidad sirve sólo para extraviarnos.
    Otra forma de interpretarla es pensando que no sólo debemos querer tener la razón, sino que, si deseamos ser un filósofo, pensador o incluso humano auténtico, debemos buscar la verdad, y ésta sólo se consigue alejándose de la actitud de convencimiento y de mera argumentación vana. Socrático el asunto. El que busca tener razón a toda costa es el malabarista lógico que hace uso de cualquier instrumento para lograr ganar al contrincante; la soberbia le es inherente, pues le complace saberse de algún modo superior, es el clásico sofista como nos lo ha presentado la tradición platónica. En cambio, el buscador de la verdad, a veces incapaz de ponerla en palabras seductoras –si es que la encuentra–, debe contentarse con algo más huidizo: una visión, una contemplación, etc. Anula su individualidad, se humilla para abrirse a una realidad (o idealidad o lo que sea) más amplia.
    Si bien lo anterior no deja de tener su encanto, y hasta podríamos decir que es cierto, en nuestra época, un mandato como el de Unamuno puede tener un sabor trasnochado. Nos asaltan las siguientes interrogantes: ¿Qué criterios tenemos para decir que alguien realmente busca la verdad y no es un mero razonador? ¿Hay comunidades de buscadores de verdades que dicen con autoridad rotunda “sí, tú sí buscas la verdad”, “no, tú no”? ¿Cómo distinguimos al místico, del charlatán y del loco? Aunque hay personajes paradigmáticos de una y otra categoría, las personas normales, que no son ni visionarios ni demagogos, habitan una zona intermedia. Pero esto no quiere decir que deba dejar de importarnos la verdad. El finado Harry G. Frankfurt, en su esclarecedor libro On Bullshit, nos dice que el mentiroso, si bien es reprobable, al menos tiene interés en la verdad, pues eso le permite ocultarla adecuadamente, pero al bullshiter no le interesa si lo que dice es verdad o mentira con tal de convencer, con tal de ganar la discusión (el lector encontrará en redes sociales muchas personas de este talante). Aparte de lo desagradable que puede ser un bullshiter en el ámbito privado, no olvidemos lo peligroso que de hecho llega a ser si tiene poder en el ámbito público.
    Así, es más o menos claro el extremo que hemos de evitar, pero no lo es tanto a cuál debemos aspirar. ¿Podemos auténticamente sólo buscar la verdad ignorando el aspecto de asentimiento y de convencimiento? Parece que en un sentido absoluto no. Alguno que haya llegado hasta este punto de mi ensayo pensaría: “Yo soy de los que buscan la verdad y no la razón; son los otros los sofistas”. Pero, así como el que acusa de hipocresía cree no ser hipócrita, el que se arroga el título de amante de la verdad, también tiene su punto ciego. A fin de cuentas, también quiere tener la razón, al menos en eso, en que es amante de la verdad. Además, aquel que está seguro de haberla encontrado, ¿no estaría también convencido de que tiene la razón? Esto puede llevar al dogmatismo. Alguien así tildará (públicamente o en su fuero interno, esto es indiferente) de falsos, hipócritas o desviados a quienes no comulguen con su credo. Pero eso es una enfermedad que una dosis de sano escepticismo no debería tener problemas en curar. De cualquier modo, tener la razón es importante. Nos da confianza en nuestra capacidad para pensar, tan necesaria para acometer nuestras búsquedas. Quien nunca saboreara los goces de tener la razón terminaría por dudar de sí mismo y de su competencia, y tristemente la humanidad perdería un indagador más.
    En fin, la moraleja de este ensayo es que es importante tener la razón, nos gusta, pero debemos tener un ojo bien atento en las creencias que nos mueven a desearla entre nuestro patrimonio epistémico, no vaya a ser que nos convirtamos en personas que dicen puras pamplinas (que es así como el diccionario WordReference traduce de manera neutral bullshit) o –perdóneme el lector– como dicen los mexicanos, puras mamadas (que, también recoge felizmente el WordReference), o , como a mí me gusta decir, puras paparruchas.



martes, 20 de junio de 2023

Sin título

Mientras revisaba mis escritos privados, encontré estos dos. Desesperanzados son ambos, y sobre ambos quisiera reflexionar hoy.

El primero es un poema hecho al puro sentimiento, sin título:

Vivo en el pasado,
pues, ¿qué otro lugar
tenemos los descorazonados
para vivir?

No hay futuro,
nunca lo hubo,
es un invento de la ficción,
para hacer del no ser esperanza.

Pues sólo ahí ocurre
el milagro del pensamiento,
esa cosa rara, tan normal,
tan onerosa.

Recorro con lentitud
la telaraña de mis traumas.
Dicen que al menos un recuerdo
habrás tenido si amas.

Y es que el mundo
es un hormiguero de recuerdos.
Todo haber sido.
Todo pasado.

Y todo frustración,
por seguir siendo
sin llegar nunca a ser
completamente.

El segundo, también sin título, fechado el 14/02/2020:

Tengo una racha de resentimiento universal. Un resentimiento contra todo, por el mero hecho de existir sin justificar su ser. Porque con su mueca de pulcritud ontológica nos arrebata el remanso de la nada. Tengo un resentimiento contra cada hombre y mujer, contra cada piedra y cada árbol y no sé explicar por qué.

    Independientemente de los acontecimientos que hayan motivado la escritura de esto (acontecimientos que no recuerdo puesto que ya no llevo un diario), debo admitir que rezuman un pesimismo, lánguido el primero, recalcitrante el segundo. Alguna vez he sido criticado y juzgado por tener y expresar tales emociones. Y es comprensible, aunque doloroso. El pesimismo absoluto horada hasta los cimientos más profundos de la vida.
    Yo no me considero un pesimista sin más, sino un pesimista alegre. Aun así, en aquellos textos no hay alegría, sólo desesperanza. El pesimismo, como el escepticismo radical, una vez adoptado es prácticamente imposible refutarlo con argumentos. Y, ¿entonces qué hacemos? Únicamente se me ocurre decirle a mi yo que escribió eso lo siguiente: todo pasará y pasó; te has roto muchas veces y otras tantas te has podido reconstruir, mejor o peor, y lo seguirás haciendo, y dolerá y llorarás, y odiarás cada árbol y cada piedra; pero dudarás de ese odio y también amarás, como si nunca hubieras sufrido; y que todo eso sirva para seguir viviendo, aunque la vida sea insulsa y repetitiva; y si Dios existe, al menos algo de todo esto quedará; la mera posibilidad de ello es ya una forma de felicidad.
    Tal vez mi texto esté plagado de lugares comunes, pero sirva haberlo publicado por si algún perdido, al leerlo, y al haber sentido lo mismo sin haberlo podido expresar, sienta aliviada, aunque sea en un ápice, su soledad.

sábado, 27 de mayo de 2023

¿Qué significa ser raro?

 

Entre mis amigos, cuento varios que calificaría de raros, y entre ellos, hay también quienes me darían el mismo epíteto. Sin embargo, nadie es absolutamente raro. Decir que alguien es raro es aplicar una sinécdoque, esto es, predicar del todo (la persona), lo que sólo le corresponde a una parte (una acción, un gesto, un gusto). Hay, pues, actitudes o acciones raras, pero no personas raras per se. Podría decirse que alguien totalmente impredecible es, como persona en su totalidad, rara, pero me parece que alguien así superaría el umbral del concepto. Un individuo cuyas acciones nunca pudiéramos adivinar resultaría amenazante y lo calificaríamos, más bien, de anómalo o loco. La rareza, en cambio, es algo que se equilibra, sin terminar nunca de caer, en la punta de un alfiler. Lo raro no puede ser cósmicamente destructivo, iconoclasta o absurdo. No existe lo sublime raro. Es algo más humilde, que se esconde en las jerarquías y las normas y que saluda inopinadamente en las esquinas de la experiencia. A veces es bello. Pero todavía nos queda la pregunta de qué queremos decir cuando expresamos que alguien es raro. La única manera que se me ocurre para esclarecer lo anterior es por la vía autobiográfica, y ahí vamos.

     No me gusta el aguacate, la jícama, los dulces picantes, la cerveza, los cigarros ni otras sustancias narcóticas o estimulantes; tampoco la música estridente, las luces de neón o los olores fuertes; menos aún los corridos, los pantalones ajustados o los lugares extremadamente soleados, calurosos o caóticos. En contextos, como los son algunos que frecuento, donde todas estas preferencias son moneda corriente, y cuyas actividades sociales están organizadas en torno a alguno de estos gustos, yo soy raro. Pero si en mi comunidad fuera lo normal que la gente no comiera aguacate, etc. etc., entonces sería normal. Asimismo, yo, que estudio filosofía, soy raro si estoy entre personas para quienes las humanidades son una especie en peligro en extinción; pero soy normal entre escritores, libreros, artistas, etc. Soy raro si me gustan los espacios especialmente limpios, mientras que la mayoría de las personas se siente cómoda trabajando entre migas. O si me gusta raparme, mientras que la industria de los champús crece cada año. Pero soy bastante normal si suelo comer fritangas en la calle sin enfermarme del estómago. Y soy raro si tengo un hermano gemelo en la Ciudad de México, pero no lo sería si viviera en Cândido Godói, Tierra de Gemelos.

     Con lo anterior se ve cómo ser raro implica un marco de referencia que llamamos normalidad, es decir, no se puede ser raro en el vacío. A esto podríamos agregar que la desviación es de grado y no de naturaleza. La normalidad es un ideal regulativo del que todos nos alejamos más o menos, y según los criterios con que se evalúe este alejamiento es que juzgamos a alguien de peculiar. Por ejemplo, si el criterio es “A todos les gusta ir a la playa” y yo la aborrezco de tal modo que rechazaría una invitación a cambio de otro tipo de salida, entonces soy raro. Aquí el criterio relevante no sólo es el gusto o no por la playa, sino las acciones que tomo al respecto. Si aceptara la invitación, incluso sin que me entusiasmara, tal vez no sería tildado de raro. Habrá otros criterios que sólo evalúen el gusto sin más, o la acción. De cualquier modo, uno puede ser bastante normal en ciertas dimensione y raro en otras, y dentro de estás puede serlo poco o mucho.

     La mayoría de las personas que se han asumido en alguna dimensión de su vida como raras, suelen sentirse orgullosas de sus peculiaridades. Esto es curioso, porque difícilmente uno elige sus rarezas. Al menos yo no he elegido las mías. Incluso, a veces, se sufre por ellas, subrepticia o abiertamente, y se preferiría no tenerlas. Por ello es totalmente comprensible que uno busque revalorizarlas y darles un cariz positivo, sobre todo porque la desviación del criterio, de la que hablaba hace un momento, implica, en muchas ocasiones, una valoración negativa por parte del sujeto perteneciente a la normalidad. El caso aciago resulta cuando el sujeto asume su rareza como virtud insólita y juzga a las personas con base en ella. La excepcionalidad del santo también puede tomar formas demoniacas. En todo caso, y sin querer ser moralizante, diré que, si bien nuestras rarezas nos hacen coloridos, en lo más íntimo compartimos más de lo que nos diferencia, o como diría Borges, “nuestras nadas poco difieren”.

miércoles, 5 de abril de 2023

Sobre por qué deberíamos dejar de usar la idea de destino. O: el destino es un desatino, carnal.

 

En plática estimulante con personas bonitas, se me ocurrió que mi postura sobre lo que es el destino se inclinaba hacia un vago e indiferente escepticismo. Este ensayo es un intento por esclarecerme, y en ultima instancia rechazar, la idea de destino, tal y como se usa –así de confusamente y todo– en la vida cotidiana. Mi postura consiste en que las razones que tenemos para rechazar tal idea, más que metafísicas o existenciales, son de carácter ético-político.

     Pero para desconfundirnos un poco, vale la pena iniciar diciendo qué entendemos por destino y hacer algunas clasificaciones. Normalmente se lo concibe como una especie de fuerza que guía o dirige nuestras acciones. Si esta fuerza se concibe como natural, la podemos bautizar como determinismo: postura filosófica que afirma que toda acción nuestra está determinada causalmente por otro suceso anterior a ella. Sólo los filósofos y los científicos, cuyos hábitos de pensamiento han sido formados y deformados por el prurito de dar razón de todo, suelen adscribirse a esta teoría. Pero, ahora bien, si la susodicha fuerza se concibe como sobrenatural, tenemos el fatalismo, que puede resumirse en la frase: ¡Sabrá Dios por qué hace las cosas! En efecto, sólo Dios sabe por qué hace lo que hace, y está entre sus pasatiempos predilectos el saberlo sin contarle a nadie. Y si usted es ateo, el nombre “Dios” puede ser sustituido por el de cualquier otra entidad sobrenatural que tenga potestad sobre las vidas humanas, o por alguna entidad impersonal que no sabe lo que hace ni por qué lo hace ¡y menos habrá de decírselo a nadie!, pero cuyo hacer sobre las cañas pensantes que somos nosotros, es inapelable. O tal vez el verbo “hacer” ni siquiera hace justicia a la forma en que actúa o influye esta fuerza cósmica, pero esto no es relevante aquí.

     También podemos distinguir entre el destino concebido como motor o como meta. Los casos hasta ahora discutidos entran dentro de la primera categoría. El destino mueve al hombre a donde sea que lo esté moviendo. Pero, ¿y si es el hombre el que se mueve solo, sólo que con cierto objetivo predeterminado (a sabiendas o no)? Aquí tenemos el destino como finalidad. Podemos llamar a esta última versión: sino. Cuando una persona cumple su sino, significa que ha llegado al punto que le fue asignado (la similitud entre sino y asignado es adrede). Mucha gente piensa que, independientemente de cómo se desenvuelva en sus circunstancias particulares, llegará a alguna situación específica en su vida o le sobrevendrá algún acontecimiento puntual (un ejemplo paradigmático de esto es el calvinismo). El contenido de esta situación o acontecimiento puede ser más o menos determinado, como, por ejemplo, “ganar el premio Nobel de Economía”, o indeterminado, como “ser feliz” o “gozar de la bienaventuranza eterna”. También puede ser dichoso, como los ejemplos antedichos, o aciago, como el destino trágico del que hablan los dramaturgos griegos. Puede ser parcial, dentro de un destino aún mayor, o total: el destino final, final, ahora sí el último, como en las películas de Destino final 1, 2, 3, 4, 5, y las que vengan después, que es final justo por la rotundidad que tiene la muerte. Seguimos: puede ser personal, como en los ejemplos aducidos hasta ahora, o colectivo o universal (postura cara a hegelianos y marxistas); así, se habla del destino de una nación o de la humanidad. Otras modalidades se podrían agregar seguramente a nuestra clasificación de hados, aunque por ahora se me escapan.

     Pues bien, hecha esta taxonomía, podemos pasar a la problematización. La discusión sobre la existencia o no del destino suele tomar la forma, como muchas otras discusiones, de una balanza. Dos posturas: existe o no. Si existe, ¿cuál es su naturaleza?, ¿de qué manera se manifiesta?, ¿es compatible con la libertad? Si no existe: ¡Albricias! Somos libres y podemos hacer lo que queramos. Sin embargo… ¿y si el destino no es algo que se adopte o a lo que uno tenga que doblegarse, sino algo que se invente? Esto puede entenderse de dos maneras. Expresiones como “Soy forjador de mi propio destino” o “tú diriges tu propio destino”, en principio, implican que el destino no existe y, más bien, se utiliza la palabra como sinónimo de “camino de vida”, “flujo de acontecimientos en tu vida” o ideas similares. La otra interpretación es que el destino es como una fuerza magnética, que influye pero no obliga. Los humanos tenemos la prerrogativa de la rebeldía y, sea cual fuere el destino que tengamos asignado, siempre podremos modificarlo o apartarnos de él.

     Mi postura radica no en rechazar la idea de que existe un destino, o de que, si existiese podríamos cambiarlo, sino en rechazar en bloque la dicotomía, quemar (o derretir) la balanza. Y ahora va el porqué.

     Si bien una explicación de cómo es que ha llegado hasta nosotros la idea de destino requeriría un rastreo histórico más allá de mis fuerzas intelectuales, diré un poco sobre el papel que juega esta noción en nuestra vida y por qué creo que es políticamente perniciosa en una sociedad meritocrática como la nuestra. Aunque utilizamos la idea de destino como una explicación a priori, es sólo a posteriori cuando adquiere todo su sentido. Alguien dice: “Me gané el premio Nobel de Economía porque era mi destino.” Esta persona piensa que ya estaba determinado que lo ganara, pero es sólo porque ya ha pasado, que puede dar sentido a sus luchas, sus sinsabores, como escalones, todos dirigidos hacia un objetivo augurado. Ya Schopenhauer decía que es sólo retrospectivamente que nuestra vida se ve como una cadena de eslabones bien concatenados. Así, el destino es un auxiliar narrativo para dar sentido a nuestra propia experiencia. Pero puede pensarse, además, que es una forma de falsa modestia. Quien recurre al destino como explicación de sus logros se descarga un poco de la responsabilidad por sus propias acciones, aunque solapadamente se jacte de ser beneficiario premium de las Moiras.

     El que, por el contrario, dice “Pese a mi destino, logré ganar el Premio Nobel”, se haya en una situación ya descrita anteriormente: se adjudica a sí mismo todo el mérito de sus logros; no se dejó doblegar por fuerzas superiores, sino que ejerció su libertad plenamente. Pero las cosas no son todo blanco o negro. Tanto el que dice “sigue tu destino”, como el que interpela “rebélate ante él”, están haciendo juicios de valor implícitos. Para el primero, tu fracaso se debe a que desoíste la voz (interior, exterior o de donde sea) que te debía dirigir al éxito. Para el segundo, fuiste demasiado débil, pusilánime y te dejaste arrastrar como camarón que se lo lleva la corriente. En ambos casos existen actitudes de superioridad moral que deberíamos evitar, pues sólo revelan una falta de empatía hacia las condiciones socioeconómicas, psicológicas y emocionales de otras personas. Construir nuestra propia personalidad con base en ideas de destino puede llevarnos a desolidarizarnos con otras personas para quienes las condiciones externas o internas no han sido tan favorecedoras. Una sociedad como la nuestra, basada en el mérito, consentirá la reproducción de cualquier noción que permita construir narrativas como las anteriores, en donde el éxito es una conquista individual y, por ende, también lo es el fracaso.  Con esto no quiero decir que el concepto de destino es una condición suficiente para crear una sociedad individualista, porque seguramente habrá otro tipo de sociedades más comunitarias que también lo utilicen. Mi punto es que la manera acrítica en que dicho concepto es asumido por mucha gente, puede llegar justificar narrativas perniciosas.  

     Para terminar, ya dije que puede concebirse el destino de manera colectiva. El resultado de esto es más brutal de lo que parecería a primera vista, y por ello lo presentaré casi silogísticamente. Suponiendo que existiese el destino de una nación, éste habría de ser, no la suma de los destinos individuales, sino algo independiente y superior, aunque es claro que el destino de algunos de estos individuos podría ser parte constituyente o fundamentante del destino total de la nación (de esta sugerencia proceden las teorías sobre las grandes personalidades, como la de Carlyle, la cual, dicen algunos, fue utilizada por regímenes totalitarios como sustento ideológico). Así, el Estado se vuelve una hipostasis, es decir, una entidad distinta al conjunto de sus individuos, cuyo valor supera al de sus componentes concretos. Está justificado, entonces, sacrificar y sacrificarse –no sólo metafóricamente– en aras de un poder mayor y, en ocasiones, incomprensible. Dios sive Estado (Dios o el Estado, ya no hay mucha diferencia). Saque el lector las consecuencias de esto.

     Para terminar, me gustaría decir que no repruebo en sí misma la creencia en el destino, en cualquier de las formas expuestas y aun en otras que no he logrado exponer. Sólo quiero llamar la atención sobre cómo es que, si es adoptada de manera acrítica, puede justificar fácilmente actitudes contrarias a la comprensión y solidaridad comunitarias. Pero sólo Dios sabe por qué destina lo que desatina.

lunes, 2 de enero de 2023

La paradoja de la paradoja de Zenón.


TESIS: Nunca podremos terminar de leer la paradoja de Zenón.
DEMOSTRACIÓN: Para leer la paradoja de Zenón, primero habría que leer la mitad de la paradoja de Zenón, pero para leer la mitad, primero habría que leer la mitad de la mitad, y así ad infinitum (como dicen los chiavos medievales (y los de Telmex (los chiavos))).

COROLARIO: Nunca podremos terminar de leer la demostración sobre la imposibilidad de leer la paradoja de Zenón.
DEMOSTRACIÓN: Para leer la demostración sobre la imposibilidad de leer la paradoja de Zenón, primero habría que leer la mitad de la demostración sobre la imposibilidad de leer la paradoja de Zenón, et cetera. Quod erat demostrandum (como dicen los chiavos spinozistas).

SUBCOROLARIO: Nunca podremos terminar de leer el corolario sobre la imposibilidad, et cetera, et cetera.
DEMOSTRACIÓN: et cetera, et cetera, et cetera. Quod erat demostrandum.

jueves, 25 de febrero de 2021

Dos adivinanzas consabidas

    En mi tierna infancia se pasaba de boca en boca la siguiente adivinanza: "Agua pasa por mi casa, cate de mi corazón, al que no me la adivine, le doy un coscorrón". Misterio recóndito era el por qué pasaría agua por mi casa. ¿Habría algún tipo de riachuelo cerca? En un caso más infausto, ¿un drenaje? ¿Pasaba el agua por debajo o a un lado? Todas estas preguntas permanecieron sin respuesta, aunque no cimbraban de manera particular mi visión de la realidad. Otra cosa era el ignoto vocablo "cate". "¿Qué es un cate?" Preguntaba yo sin que nadie pudiera darme respuesta, y ¿por qué le pertenecería a mi corazón? Qué ensalmo o mágica virtud le había abierto al "cate" un lugar entre las cosas de mi íntima devoción sin que yo mismo lo notara? Años después, caí en la cuenta de que "cate" era el golpe o bofetada dada con alevosía y casi burlona tiranía a alguien, como en la oración "Su mamá le dio un cate por andar de irrespetuoso." Pero, ¿por qué mi corazón recibiría una bofetada? ¿Será una metáfora de alguna insólita palpitación, una arritmia pasional? En fin, al menos eso explicaba un poco por qué aquel que pergeñaba la adivinanza amenazaba con coscorrones al interlocutor vencido. Tal vez el cate del corazón pasaba a ser propiedad del otro, como una especie de inveterada maldición. Todo esto son suposiciones, cuya verdad, pienso, jamás develaremos.

    Otro caso era el de la adivinanza: "Entra por el mar, sale por la garita. ¿Qué es?". Aquí no había amenazas perentorias, pero sí otro vocablo extraterrestre: garita. Gracias al diccionario descubrí que se trataba de una torre o casilla para los vigilantes. A pesar del esclarecimiento, otras perplejidades brotaron: ¿por qué alguien entraría por el mar y saldría por la garita? ¿No parece más lógico que fuera al revés? Se entraría a la garita y se saldría por el mar. Y, salvo que la susodicha garita fuese algún tipo de portal, esto no tiene ni pies ni cabeza. El pasmo de este misterio no me ha dejado desde entonces y un paliativo sólo vendría de preguntarle a Margarita por sus extraños hábitos de traslación. 

martes, 28 de enero de 2020

La Memeteca de Babel

En una tarde cenicienta en la que revisaba consuetudinariamente mis redes sociales, un correo de remitente ignoto se apersonó en mi bandeja de entrada. El mensaje era escueto y preciso: "Entre a este enlace para ver la Memeteca de Babel", seguido de un hipervínculo poblado de vagos caracteres alfanuméricos. Ante tal suceso no pude más que pensar que se trataba de un virus. Desoí la voz de la curiosidad y borré el mensaje. A la mañana siguiente, noté que la misiva virtual ocupaba de nuevo el lugar privilegiado en la lista de novedades. Por alguna razón, había traspasado el umbral ardiente del correo no deseado y yacía ahí, con su oronda presencia abultando los bits de espacio de algún servidor de correo. Obliterado el mensaje de nuevo con un simple clic, me dispuse a consumir el día con nimiedades. No pasaron muchas horas cuando volví a recibir el trasunto de aquel endriago electrónico. Al anochecer, toda la bandeja rebosaba del mismo lacónico mensaje. Más harto que anhelante, resolví darle fin al asunto y ver de qué se trataba. Me arrellané en el sofá y, con el portátil en las piernas, abrí el fatal enlace.
    Mi primera impresión fue la del alivio indiferente. Se trataba de una página de memes como cualquier otra, intitulada "La Memeteca de Babel"; pero cuál sería mi asombro cuando, al desplazarme unos cuantos memes abajo, una poderosa fuerza procrastinadora se apoderó de mí. Sin siquiera notarlo, la oz del cielo trasegó su líquida luz a través de las constelaciones y fue sustituida por el supremo astro celestre. Pasé paulatinamente de un intranquilo pasmo a la inaudible pavura propia de un reo que se sabe perdido: estaba condenado a ver memes para la eternidad. 
    Al principio, pensé que había de llegar un punto en que la página alcanzara los memes primigenios, como el "forever alone" o el "fuck yeah", y con ello mi suplicio acabaría, pero en el fluir de este río protervo, como el de Heráclito, pero más gracioso, me apercibí de que mi expectación estaba infundada. Los memes nunca se repetían y no parecía haber un orden cronológico ni temático. Había memes de perritos shiba inu, de Pikachu sorprendido, de hide the pain Harold, del novio infiel, de no lo sé Rick, de la llama ola k ase, de la rana triste Pepe, del tema de Drake, de la tipa que echa cuentas en la cabeza, del starter pack, de los Simpsons. Y cada uno era más original e irónico que el anterior. Mi sorpresa se duplicó cuando descubrí que, dentro del sitio, no sólo era posible desplazarse hacía abajo, sino también a la derecha y a la izquierda. Como era de esperarse, estas direcciones tampoco tenían consumación. 
    He dicho que los memes no se repetían, pero tal vez incurrí en una inexactitud. Había memes que volvían a hacer su aparición, pero no eran exactamente el mismo meme, por ejemplo, si veía un meme de la mujer gritándole a un gato y, después, uno de Vamo a calmarno, este segundo, incluso detentando un contenido lingüístico idéntico al mostrado varios miles de memes atrás, era distinto, pues adquiría mayor relieve, dada la situación de tensión inmediatamente precedente. La yuxtaposición de unos memes con otros hacía aún más hilarante la experiencia memística y, como afirmaría Pierre Menard, un mismo meme no es el mismo visto desde otra perspectiva. Lo insólito aquí era que esa perspectiva eran otros memes.
    Podría pensar el lector que lo anterior bastaría para precipitar al vértigo más insoportable a cualquier espectador, pero eso no era todo. También había metamemes. Memes que hacían burla de otros memes: memes de segundo orden, de tercer orden, de cuarto orden, ad infinitum. Las más fundamentales leyes de la lógica palidecían en esta página. 
    Esporádicamente aparecían memes quimeras: hechos con los despojos de otros memes no tan divertidos, pero dada la armoniosa hechura le sacaban a uno una sincera carcajada. Había memes políticamente incorrectos y memes censurando la incorrección política de aquellos. Había, claro está, memes que se burlaban de la mojigatería de aquéllos y otros más que se burlaban de la hipocresía de estos últimos. Los había, también, en distintos tamaños, desde los pixelados hasta los high definition 4K. Los gifs no le iban en zaga a las imágenes estáticas y encontrábanse desde situaciones cíclicas hasta simples narraciones visuales lineales. Una noche estuve viendo un gif que duraba 7 horas. No me arrepiento. 
    Abandoné por completo mis otras redes sociales, y los mensajes del whatsapp se apiñaban con su carmín alerta notificadora. Pronto perdí mi trabajo, pero mis ahorros de toda la vida hicieron las veces de inflable salvífico. Ver imágenes chistosas era la única empresa que consumía mis horas. En ocasiones, quería regresar a ver algún meme para revivir la experiencia gozosa de su contemplación, pero nunca lo encontraba. Era como si su lugar cambiara perennemente, como si la página misma fuera un organismo vivo, procreador de sus vástagos memes. Ante este desaliento, tomé la resolución de guardar los que más me gustaban en mi computador. Al cabo de unas semanas, el disco duro estaba lleno y comencé a llenar USBs. Después de agotar unas cuantas, me vi en la imperiosa necesidad de comprar discos duros externos. No bien pasaron unos meses, los pequeños paralelepípedos metálicos pululaban por la casa ante mi fallido intento de darles algún orden.
    Supuse que, ya que los memes eran infinitos, habría algún algoritmo secreto que los multiplicaba. Aprendí de memoria las principales combinaciones de situaciones, texto, imagen y contexto circundante. Justo cuando creía divisar alguna regularidad, —por sólo sabe Dios qué metafísico y nefando milagro— cimbraba toda mi elucubración la presencia de algún meme que decía: "Cuando quieres descubrir el algoritmo de la Memeteca de Babel" y una imagen graciosa. Asimismo, acaricié la idea de comenzar a hacer mis propios memes, pero la mera noción de que la página era infinita desalentaba mis fuerzas. La razón era muy sencilla. Si la página era infinita, contenía todo meme posible habido y por haber; cualquier intento de crear un meme nuevo era una afrenta vacua contra el principio ochkamiano de multiplicación de los entes. Para hacer frente a este pensamiento se me ocurrió usar la plantilla del papá de Timmy (el de Padrinos Mágicos) entrando por la fuerza a su cuarto, con la leyenda: "Entiendo que contienes todos los memes del universo, pero reafirmo mi autoridad creando un meme de todos modos". Inútil decir que nunca la diseñé.
    A veces, pocas, hago otras cosas, como escribir. Pero incluso mientras lo hago veo unos memes en pantalla dividida. 
    Sé que mis días terminarán pronto y sólo quiero advertir con mi relato de los lancinantes estragos de esta página. No me malentienda el lector, he pasado los momentos más felices de mi vida en ella, pero otras almas más febles tal vez no la soportarían. Cuenta una leyenda bíblica que en presencia directa de Dios nuestro pobre ser perecería calcinado. Esta página es la punta del manto divino que Dios accedió mostrar a Moisés. Se nos disuelve la vida en el apopléjico recogimiento de su contemplación. La rueda de mi mouse se ha desgastado hasta decaer. Pasé a usar el puntero para tomar la barra de desplazamiento lateral, mas el botón izquierdo dejó de funcionar. Configuré el mouse para poder usar el derecho, que corrió la misma suerte. Hasta utilicé las flechas del teclado. Ahora la flecha de abajo no es más que una oquedad en el plástico. Sólo me queda expresar, con el corazón desprendido entre mis manos, aquello del inveterado meme: "Fffffffuuuuuuuu-"

sábado, 4 de enero de 2020

¿Para qué sirve la filosofía?

Todo filósofo en algún momento de su existencia ha de toparse con la pregunta "¿Para qué sirve la filosofía?" La pregunta, como muchas otras, es de por sí una pregunta filosófica y, como muchas otras -otra vez- preguntas filosóficas, tiene truco. La respuesta tendrá que darla el filósofo, claro está, y nada tiene de raro, pero debe cambiar según qué arquero lance la flecha. Consideraré aquí tres posiciones.

1. Una persona de alguna cultura y consciente del valor de la reflexión pregunta al filósofo "¿Para qué sirve la filosofía?".
En tal caso, la persona podría no querer más que cimentar alguna creencia ya asumida. Tal vez la persona crea que la filosofía tiene algún valor, y, como persona culta que es, necesita una respuesta para fundamentar su creencia. O tal vez simplemente quiere ver si el filósofo es tan inteligente como dice y puede justificar su propia labor. Sea cual fuere el caso, un razonamiento sencillo y eficaz se ofrece como respuesta.
Si uno pregunta "¿Para qué sirve la filosofía?", ¿no estaría ya haciendo filosofía? Porque el cuestionarse sobre las cosas es hacer filosofía, ¿qué no? Además si se pretendiera dar una respuesta, ésta tendría que provenir de la reflexión, es decir, ¡más filosofía! Y si quisiéramos evaluar la cabalidad o mediocridad de la respuesta... ¿adivinan? Ya saben el resto. El punto central es que quien quisiera negar la utilidad absoluta de la filosofía tendría que negar a priori la posibilidad misma de que la pregunta fuera inteligible y de que pudiera darse, a su vez, una respuesta coherente a ella.

2. Una persona de pocas letras pregunta "¿Para qué sirve la filosofía?", como quien pregunta "¿Para qué sirve este botón?" cuando ve una máquina desconocida.
En tal caso, el razonamiento abstracto haría poca mella en el afable campo inculto de su entendimiento (lo cual no significa necesariamente que la persona sea tonta; el mero hecho de preguntar es ya un signo de inteligencia agazapada). La respuesta, pues, debe correr pareja con lo tangible, es decir, con los ejemplos. Digamos que la filosofía permite cambiar la manera de pensar de las personas; nos permite ver los asuntos cotidianos con otra lupa, y con ello, la manera en que nos comportamos con otras personas y con nuestro entorno, en fin, nos permite modificar la desde nuestra propia conducta, hasta la sociedad, el gobierno, etc. Por ejemplo, gracias al pensamiento filosófico fueron posibles las Revoluciones, como la francesa o la mexicana. Otro ejemplo de distinto tenor sería el caso de las computadoras; éstas funcionan con lógica (el sistema binario con el que trabajan las computadores es un obsequio de la filosofía al mundo), y la lógica es una rama de la filosofía...

3. En último lugar, tenemos el filósofo que se pregunta a sí mismo "¿Para qué sirve la filosofía?"
Esta pregunta suele estar aparejada a algún tipo de crisis existencial. El filósofo busca un asidero conceptual que lo redima para siempre. La interrogante, generalmente, surge de entrever la falta de justificación de la propia vocación y, con ella, la falta de sentido de la vida toda. El filósofo puede hallar sosiego en alguna de las dos respuestas anteriores. O bien la filosofía se justifica a sí misma mediante una especie de boomerang conceptual: el lanzar la pregunta es obtener la respuesta; o bien, las empresas sociales empapadas de filosofía, en que se disuelve el individuo, dan valor a la idea, concretizándola.
Pero quien sienta profundamente la pregunta no dará por buenas estas alternativas. Y esto es porque la pregunta misma es deficiente.
Un análisis más profundo nos llevaría a desenterrar el siguiente razonamiento:
     1) Valor es igual a utilidad.
     2) Si la filosofía ha de ser valiosa, sólo podrá serlo en virtud  de su utilidad.
     3) La filosofía es útil por X o por Y, por tanto, es valiosa.
Si cimbramos la roca angular de esta idea, caerá el edificio completo. ¿Son realmente equivalentes el valor y la utilidad? Parece que todo lo útil es valioso, pero la inversa no tiene por qué ser verdad, al menos no es obvio que lo sea. Entrar en la discusión sería zambullirse de lleno en arenas movedizas, pero me basta evidenciar el prejuicio (1). La pregunta por la utilidad de la filosofía es un cuestionamiento sobre su valor. "¿Para qué sirve la filosofía?" es como decir "¿por qué debería aprender filosofía?", "¿por qué debería hacerse filosofía?", "¿por qué hay gente en las universidades a las que les pagan por hacerla?", en fin, "¿para qué nos sirven todas esas cosas?". Si ya hemos agujereado la premisa sobre la que se sostienen esas dudas, y un pequeño agujero es más que suficiente, podemos dar la respuesta más sincera posible: la filosofía no sirve para nada, pero ¿qué haríamos sin ella?

martes, 16 de julio de 2019

Pesimismo, optimismo y pesimismo alegre (Dedicado a mis alumnos)

A mis alumnos.
I
Hace no mucho tiempo, cuando daba cursos de Español y Filosofía, me gustaba comenzar haciendo a mis alumnos una pregunta: "¿Te consideras optimista o pesimista?"  Consciente de la vaguedad de la pregunta, los dejaba, precisamente, divagar un rato al respecto. Las respuestas que recibía a veces eran interesantes. La mayoría no tenía clara su postura. Otros eran pesimistas convencidos y otros más, optimistas inocentemente audaces. Los menos apelaban a una especie de "justo medio": ser realista. La respuesta parecía delatar un miedo a caer en el subjetivismo del pesimismo o del optimismo. Pero también tenía la desventaja de creer ingenuamente en la objetividad. Para dirimir la cuestión, me gustaba citar unas palabras de Chesterton que, por extensas, resumo en las mías propias según puedo recordarlas: los optimistas son como funcionarios públicos que transigen con los  errores de sus superiores; para ellos todo está bien, excepto los pesimistas; éstos, por su lado, son como consejeros con prerrogativas excesivas para censurar y con un constante empeño de disuadir a los hombres de hacer cualquier acción heroica; para ellos, todo está mal, excepto ellos mismos.
Así pintados, los optimistas quedan como pusilánimes, mientras que los pesimistas como soberbios amargados. ¿Qué elegir, entonces? La respuesta de Chesterton: hay que comenzar admitiendo que todo está mal, pero podría estar bien.
La reflexión en clase solía acabar ahí, y a los que me devolvían la pregunta solía contestarles con inocua ironía que yo llamaba a mi propia postura "pesimismo alegre". La intención de este escrito es esbozar un poco más allá de la mera denominación en qué consistiría este pesimismo alegre.

II
"Pesimismo" y "optimismo" son, como muchas otras palabras, multívocas, es decir, que tienen distintos significados según el contexto en que se usen. En esta situación, se usa en el sentido de cómo "vemos" (tiempo presente) y "prevemos" (tiempo futuro) el mundo. Si uno es un optimista cabal, el mundo es un lugar de por sí agradable y tiende a su perfeccionamiento natural. Si es pesimista, el mundo es un valle de lágrimas y no hay razones para pensar que cambiará. Es claro que podríamos hablar de interpretaciones optimistas o pesimistas del pasado, pero en sentido estricto nuestros términos se aplican a situaciones presentes y futuras (uno no es optimista -en este tiempo presente- acerca de la conquista en América, aunque puede serlo acerca de una interpretación de ésta). Me parece, pues, que discurrir sobre este último punto es derramar minucias fuera del recipiente de la sensatez.
A pesar de esto, el peso de la palabra recae sobre lo que se prevé. Si las cosas van muy mal, pero se tiene esperanza (generalmente infundada) de mejoría, entonces se es optimista. Si las cosas van palmariamente bien, pero se ve una imposibilidad (generalmente infundada) de que lleguen a buen término, se es pesimista.
El realismo, visión que yo he tildado de ingenua, tendría su fundamento en la fundamentación. Esto suena a burla, pero la idea muy sencilla: si algo va bien y hay buenas razones para pensar que mejorará, entonces se es realista. Si algo va mal y hay buenas razones para pensar que empeorará, entonces se es realista. Invito al lector a que haga los últimos dos cruces de conceptos, que también serían realistas. La idea importante es que haya buenas razones para pensar X o Y. Pero... ¿qué es una buena razón?... He ahí el meollo... 

III
Con una rápida y superficial ojeada a la historia de la filosofía podemos detectar una oscilación entre estos polos. Sócrates, ante su muerte, Platón y su ciudad perfecta, Aristóteles y su proyecto de alcanzar la sabiduría, son optimistas. Epicuro, con su dios indiferente, y los estoicos, con su mundo que crece y sucumbe ante las leyes del determinismo, son pesimistas. La mayoría de los medievales son optimistas, lo mismo que los filósofos del Renacimiento y la Modernidad. Esto llega a su cúspide con Leibniz, ¡para quien habitábamos el mejor de los mundos posibles!, y con Kant, para quien la unión racional entre todos los hombres nos llevaría a la paz perpetua. Estos siglos tienen su contrapeso con Schopenhauer y su mundo de voluntad ciega y sin propósito; y con Nietzsche, crítico implacable de la cultura, aunque difícil de colocar en nuestra dicotomía. En la época contemporánea la cosa se pone más compleja (y no es que no lo haya sido en la antigüedad). Los filósofos posmodernos, prestidigitadores del discurso, serían pesimistas,  mientras que los analíticos, la hidra de la verdad, serían optimistas.
Aunque estoy mezclando varios niveles de optimismo y pesimismo y forzando la interpretación, la idea que quiero expresar es clara. Los intentos por encontrar un justo medio siempre son problemáticos. Por ejemplo, bien vista, la postura de Chesterton es algo así como un optimismo moderado. Intenta mezclar la visión "realista" presente, normalmente adjudicada al pesimismo, con el espíritu efusivo y proyectivo del optimismo.

IV
Por últmo, mi propia postura, que despacharé con un plumazo (pues es lo que se suele hacer cuando uno no esta seguro de lo que dice), consiste en dos puntos: aceptar el pesimismo con su ardua naturaleza, y cambiar el valor que este conlleva. Si el pesimismo es una "visión" del mundo, el pesimismo alegre consistiría en cambiar la "visión" de esa "visión". Es decir, se centraría en cuestionar la valoración, no del mundo presente o futuro, sino del pesimismo mismo. Ser pesimista no es algo negativo per se, no hay que ser necesariamente soberbios, amargados o resentidos. Hay que buscar asintóticamente (esto es, tal vez sin poder alcanzarlo nunca) el desengaño personal. El místico alemán Meister Eckhart decía que si queríamos consolarnos sólo hacía falta ver el sufrimiento del otro. Tal vez esto no parecería muy justo ni virtuoso ni sabio (¡y eso que lo dijo un místico!) Pero esconde una verdad impagable. La vida es mayormente lucha y sufrimiento, sí, pero no sólo. Entender que existen los otros y que el sufrimiento no es una cuestión únicamente personal, puede hacer más llevadera esta existencia. La tradición cristiana reconoce que lo único realmente nuestro es el sufrimiento. Pero también debemos reconocer que lo único que realmente podemos compartir es la alegría. La vida o el mundo es un espejo roto, pero gracias a ello, no sólo vemos nuestro propio rostro, sino que atisbamos el de los demás. Los otros son el infierno, pero también el paraíso, un paraíso pequeño, del tamaño de una flor, pero paraíso al fin y al cabo. En palabras magistrales de Leonard Cohen: "There is a crack in everything, that's how the light gets in" (Hay una grieta en todo, así es como entra la luz).
Por último, por segunda vez, pero no menos importante: si la denominación "pesimismo alegre" le parece demasiado septentrional, podemos tropicalizar el nombre, podemos llamarlo "pesimismo campechano" ¿Qué le parece?

domingo, 16 de junio de 2019

Sobre libros intonsos y la labor de la filosofía

Se le llama "intonso" a un libro encuadernado de tal manera que no se le han cortado los pliegos de las páginas. Esto quiere decir que, por ejemplo, las página 2 y 3 vienen unidas por el margen exterior, de tal modo que para separarlas hay que pasarle una navaja. Así, si no se han separado, sólo se pueden leer las páginas 1 y 4.
    Antes de los años 60's no era raro que se vendieran libros intonsos, y actualmente, con un poco de suerte, uno puede encontrar ese tipo de ejemplares en las librerías de viejos.
    El caso aquí es que yo me compré un pequeño libro de este talante: "El puesto del hombre en el cosmos" de Scheler; una ardua obra de filosofía técnica, ya clásica dentro de la tradición axiológica.  Y aquí es cuando comienza mi elucubración, que nada tiene que ver con el contenido del libro.
    Como suele suceder con lecturas que han pertenecido a otra biblioteca, ésta estaba prolijamente subrayada y anotada con tinta (la pertinencia o no de tal práctica polariza a los bibliófilos, por lo que no daré mi opinión al respecto). Pero si el lector me ha seguido con atención hasta ahora no puede más que hacer el siguiente razonamiento, cuya sistematización le ahorro yo:

1) Si el libro está subrayado, entonces es verosímil pensar que fue leído.
2) Un libro intonso no puede ser leído correctamente por el problema ya aludido.
3) Es un hecho que el libro que me compré era intonso y estaba subrayado.
Esto nos deja con la perplejidad de un objeto instanciando una paradoja.
Pido al lector que antes de continuar visualice mentalmente con claridad la situación que le acabo de presentar, pues gran parte de la argumentación que sigue depende de ello.

Existen dos posibilidades:

Primera posibilidad: el sujeto en cuestión subrayó pasajes al azar para aparentar que sí leyó el libro, o simplemente porque le gusta subrayar libros en pasaje aleatorios. Esta queda descartada por implausible y porque realmente no explica demasiado.

Segunda posibilidad: el libro fue de hecho leído, pero no cabalmente, de lo que se desprende que el lector:
a) Era consciente de que no leyó el libro correctamente, pero aun así no quiso cortar las páginas.
b) Era un ignorante redomado y no sabía que a los libros así hay que separarle las páginas.
b.1) Atenuando el apelativo de ignorante, simplemente diríamos que era extremadamente distraído y leyó el libro saltando páginas ocasionalmente.

Discutamos primero la hipótesis a). Uno podría argüir que el lector era algún tipo de coleccionista tiquismiquis que quería preservar en estado de virginidad inmaculada su ejemplar y por eso decidió no cortar las páginas. Pero esta hipótesis queda descartada, puesto que un coleccionista así no se atrevería a mancillar con tinta su ídolo. Por tanto, no es plausible pensar que era algún tipo de bibliófilo.

Aunque, para alguno que esto lea, la hipótesis b) podría parecerle la más acertada, yo la voy a descartar por poco caritativa. Uno no simplemente postula la estupidez como la mejor explicación. Independientemente de que esto pueda ser cierto en algunos casos, no hace justicia a la complejidad de la experiencia humana. Es por ello que me adelanté y desplegué la hipótesis b.1), a mí ver, la más interesante, por lo siguiente.
    Supongamos que el antiguo dueño y señor de mi libro era rotundamente distraído, con una distracción oronda, turgente, casi palpable, y no se dio cuenta de que se saltaba algunas páginas en su difícil lectura (recordemos que la temática es filosófica, es decir, nada sencilla), porque ¿quién se anda fijando en el número de la página mientras lee? Supongamos, pues, también, que él no tenía ese hábito. No notó que después de terminar de leer la página 41, digamos, pasaba a la 44. Y así siguió hasta que terminó el libro. Imaginemos a este pobre lector conturbado, con el ánimo oscilante entre la desazón y desamparo. Poco ha de haber comprendido pese a sus esfuerzos de rotular lo más relevante con su perentorio bolígrafo azul. Al final, decidió malbaratar su adquisición a un librería de viejos, y pasados los años llegó a mí, el que esto escribe.
    Lo anterior da lugar a una reflexión filosófica nada ociosa. ¿En qué medida la complejidad, la oscuridad y la profundidad se han confundido en filosofía, al grado de que un lector no se diera cuenta de que a su lectura le faltaban fragmentos considerables de texto? Si el sujeto llegó al final del libro sin dudar sobre la coherencia de lo leído es que habrá que cuestionar, por un lado, los hábitos de lectura del susodicho, pero también, por otro, nuestra noción común de filosofía.
    No parece absurdo imaginar que el sujeto continuó la lectura, a pesar de tener serias lagunas en el contenido, con la esperanza de que si seguía leyendo lograría "entender" lo que el filósofo quería decirle. Este fenómeno es bautizado por Dan Sperberg como "efecto gurú". Cuando consideramos que algún discurso es demasiado oscuro, pero no queremos negarle su estatuto de inteligibilidad (es decir, de que tiene algo que decirnos), simplemente le atribuímos algún grado de profundidad accesible sólo para los iniciados. Si nos esforzamos, creemos, lograremos acceder al conocimiento arcano que nos ofrece el gurú.
    Otro fenómeno que es relevante comentar en confabulación con el anterior es el de la "justificación del esfuerzo". Tal vez el lector invirtió tanto esfuerzo en hacer sentido a su parca lectura que no quiso dejarla inconclusa y, con un denuedo monumental, dio algún sentido (que tal vez podríamos reconstruir con base en sus subrayados) a sus pensamientos. O tal vez sencillamente el libro le costó muy caro y sentía el deber de terminarlo, ¿quién sabe?
    El punto medular aquí es que en algún momento de su vida, se le enseñó a este desavisado hombre que la filosofía es difícil y profunda, que los filósofos se expresan de manera fragmentaria, elusiva y oscura, en fin, que son algún tipo de gurú.
    Voy a dejar al que esto lee que saque todas las consecuencias sociales, estéticas, políticas, etc. de lo expuesto, pues serían material para otro ensayo que tal vez algún día escriba.
    Para concluir, una exhortación: una de las tantas responsabilidades como filósofos es la de desmantelar esta idea imprecisa y nebulosa sobre nuestra labor. Desafortunadamente, hay colegas, no faltos de inteligencia, por cierto, que también comparten aquella visión. Tal vez haría falta esclarecer el concepto mismo de "claridad", empresa para la cual no tengo ni la más lívida idea de cómo comenzar. Ni siquiera estoy seguro de si he sido lo suficientemente claro al respecto, pero, en fin, en el principio era el caos y con el caos, la duda y con la duda, el movimiento.

Una última hipótesis que no consideré y que quedaría en la vigilia de otras manos más aptas para la ciencia ficción que las mías es:
c) El lector tenía alguna habilidad sobrehumana para leer páginas unidas y en realidad sí leyó todo el libro, lo comprendió y actualmente es un prominente filósofo que da cátedra sobre Scheler en alguna universidad hispanohablante.