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viernes, 21 de julio de 2023
La importancia de tener la razón
martes, 20 de junio de 2023
Sin título
Mientras revisaba mis escritos privados, encontré estos dos. Desesperanzados son ambos, y sobre ambos quisiera reflexionar hoy.
El primero es un poema hecho al puro sentimiento, sin título:
pues, ¿qué otro lugar
tenemos los descorazonados
para vivir?
No hay futuro,
nunca lo hubo,
es un invento de la ficción,
para hacer del no ser esperanza.
Pues sólo ahí ocurre
el milagro del pensamiento,
esa cosa rara, tan normal,
tan onerosa.
Recorro con lentitud
la telaraña de mis traumas.
Dicen que al menos un recuerdo
habrás tenido si amas.
Y es que el mundo
es un hormiguero de recuerdos.
Todo haber sido.
Todo pasado.
Y todo frustración,
por seguir siendo
sin llegar nunca a ser
completamente.
sábado, 27 de mayo de 2023
¿Qué significa ser raro?
Entre mis amigos, cuento varios que calificaría
de raros, y entre ellos, hay también quienes me darían el mismo epíteto. Sin
embargo, nadie es absolutamente raro. Decir que alguien es raro es aplicar una
sinécdoque, esto es, predicar del todo (la persona), lo que sólo le corresponde
a una parte (una acción, un gesto, un gusto). Hay, pues, actitudes o acciones
raras, pero no personas raras per se. Podría decirse que alguien
totalmente impredecible es, como persona en su totalidad, rara, pero me parece
que alguien así superaría el umbral del concepto. Un individuo cuyas acciones
nunca pudiéramos adivinar resultaría amenazante y lo calificaríamos, más bien,
de anómalo o loco. La rareza, en cambio, es algo que se equilibra, sin terminar
nunca de caer, en la punta de un alfiler. Lo raro no puede ser cósmicamente
destructivo, iconoclasta o absurdo. No existe lo sublime raro. Es algo más
humilde, que se esconde en las jerarquías y las normas y que saluda inopinadamente
en las esquinas de la experiencia. A veces es bello. Pero todavía nos queda la
pregunta de qué queremos decir cuando expresamos que alguien es raro. La única manera
que se me ocurre para esclarecer lo anterior es por la vía autobiográfica, y ahí
vamos.
No
me gusta el aguacate, la jícama, los dulces picantes, la cerveza, los cigarros
ni otras sustancias narcóticas o estimulantes; tampoco la música estridente,
las luces de neón o los olores fuertes; menos aún los corridos, los pantalones
ajustados o los lugares extremadamente soleados, calurosos o caóticos. En
contextos, como los son algunos que frecuento, donde todas estas preferencias
son moneda corriente, y cuyas actividades sociales están organizadas en torno a
alguno de estos gustos, yo soy raro. Pero si en mi comunidad fuera lo normal
que la gente no comiera aguacate, etc. etc., entonces sería normal. Asimismo,
yo, que estudio filosofía, soy raro si estoy entre personas para quienes las
humanidades son una especie en peligro en extinción; pero soy normal entre escritores,
libreros, artistas, etc. Soy raro si me gustan los espacios especialmente
limpios, mientras que la mayoría de las personas se siente cómoda trabajando
entre migas. O si me gusta raparme, mientras que la industria de los champús
crece cada año. Pero soy bastante normal si suelo comer fritangas en la calle
sin enfermarme del estómago. Y soy raro si tengo un hermano gemelo en la Ciudad
de México, pero no lo sería si viviera en Cândido Godói, Tierra de Gemelos.
Con
lo anterior se ve cómo ser raro implica un marco de referencia que llamamos normalidad,
es decir, no se puede ser raro en el vacío. A esto podríamos agregar que la
desviación es de grado y no de naturaleza. La normalidad es un ideal regulativo
del que todos nos alejamos más o menos, y según los criterios con que se evalúe
este alejamiento es que juzgamos a alguien de peculiar. Por ejemplo, si el
criterio es “A todos les gusta ir a la playa” y yo la aborrezco de tal modo que
rechazaría una invitación a cambio de otro tipo de salida, entonces soy raro. Aquí
el criterio relevante no sólo es el gusto o no por la playa, sino las acciones
que tomo al respecto. Si aceptara la invitación, incluso sin que me
entusiasmara, tal vez no sería tildado de raro. Habrá otros criterios que sólo evalúen
el gusto sin más, o la acción. De cualquier modo, uno puede ser bastante normal
en ciertas dimensione y raro en otras, y dentro de estás puede serlo poco o mucho.
La
mayoría de las personas que se han asumido en alguna dimensión de su vida como
raras, suelen sentirse orgullosas de sus peculiaridades. Esto es curioso,
porque difícilmente uno elige sus rarezas. Al menos yo no he elegido las mías. Incluso,
a veces, se sufre por ellas, subrepticia o abiertamente, y se preferiría no
tenerlas. Por ello es totalmente comprensible que uno busque revalorizarlas y
darles un cariz positivo, sobre todo porque la desviación del criterio, de la
que hablaba hace un momento, implica, en muchas ocasiones, una valoración
negativa por parte del sujeto perteneciente a la normalidad. El caso aciago
resulta cuando el sujeto asume su rareza como virtud insólita y juzga a las
personas con base en ella. La excepcionalidad del santo también puede tomar
formas demoniacas. En todo caso, y sin querer ser moralizante, diré que, si
bien nuestras rarezas nos hacen coloridos, en lo más íntimo compartimos más de
lo que nos diferencia, o como diría Borges, “nuestras nadas poco difieren”.
miércoles, 5 de abril de 2023
Sobre por qué deberíamos dejar de usar la idea de destino. O: el destino es un desatino, carnal.
En plática estimulante con personas bonitas, se
me ocurrió que mi postura sobre lo que es el destino se inclinaba hacia un vago
e indiferente escepticismo. Este ensayo es un intento por esclarecerme, y en
ultima instancia rechazar, la idea de destino, tal y como se usa –así de
confusamente y todo– en la vida cotidiana. Mi postura consiste en que las
razones que tenemos para rechazar tal idea, más que metafísicas o existenciales,
son de carácter ético-político.
Pero
para desconfundirnos un poco, vale la pena iniciar diciendo qué entendemos por
destino y hacer algunas clasificaciones. Normalmente se lo concibe como una
especie de fuerza que guía o dirige nuestras acciones. Si esta fuerza se concibe
como natural, la podemos bautizar como determinismo: postura filosófica
que afirma que toda acción nuestra está determinada causalmente por otro suceso
anterior a ella. Sólo los filósofos y los científicos, cuyos hábitos de
pensamiento han sido formados y deformados por el prurito de dar razón de todo,
suelen adscribirse a esta teoría. Pero, ahora bien, si la susodicha fuerza se
concibe como sobrenatural, tenemos el fatalismo, que puede resumirse en
la frase: ¡Sabrá Dios por qué hace las cosas! En efecto, sólo Dios sabe por qué
hace lo que hace, y está entre sus pasatiempos predilectos el saberlo sin contarle
a nadie. Y si usted es ateo, el nombre “Dios” puede ser sustituido por el de
cualquier otra entidad sobrenatural que tenga potestad sobre las vidas humanas,
o por alguna entidad impersonal que no sabe lo que hace ni por qué lo hace ¡y
menos habrá de decírselo a nadie!, pero cuyo hacer sobre las cañas pensantes
que somos nosotros, es inapelable. O tal vez el verbo “hacer” ni siquiera hace
justicia a la forma en que actúa o influye esta fuerza cósmica, pero esto no es
relevante aquí.
También
podemos distinguir entre el destino concebido como motor o como meta.
Los casos hasta ahora discutidos entran dentro de la primera categoría. El
destino mueve al hombre a donde sea que lo esté moviendo. Pero, ¿y si es
el hombre el que se mueve solo, sólo que con cierto objetivo predeterminado (a
sabiendas o no)? Aquí tenemos el destino como finalidad. Podemos llamar a esta
última versión: sino. Cuando una persona cumple su sino, significa
que ha llegado al punto que le fue asignado (la similitud entre sino y asignado
es adrede). Mucha gente piensa que, independientemente de cómo se desenvuelva
en sus circunstancias particulares, llegará a alguna situación específica en su
vida o le sobrevendrá algún acontecimiento puntual (un ejemplo paradigmático de
esto es el calvinismo). El contenido de esta situación o acontecimiento puede ser
más o menos determinado, como, por ejemplo, “ganar el premio Nobel de Economía”,
o indeterminado, como “ser feliz” o “gozar de la bienaventuranza eterna”.
También puede ser dichoso, como los ejemplos antedichos, o aciago, como el
destino trágico del que hablan los dramaturgos griegos. Puede ser parcial,
dentro de un destino aún mayor, o total: el destino final, final, ahora sí el
último, como en las películas de Destino final 1, 2, 3, 4,
5, y las que vengan después, que es final justo por la rotundidad que
tiene la muerte. Seguimos: puede ser personal, como en los ejemplos aducidos
hasta ahora, o colectivo o universal (postura cara a hegelianos y marxistas);
así, se habla del destino de una nación o de la humanidad. Otras modalidades se
podrían agregar seguramente a nuestra clasificación de hados, aunque por ahora
se me escapan.
Pues
bien, hecha esta taxonomía, podemos pasar a la problematización. La discusión
sobre la existencia o no del destino suele tomar la forma, como muchas otras
discusiones, de una balanza. Dos posturas: existe o no. Si existe, ¿cuál es su
naturaleza?, ¿de qué manera se manifiesta?, ¿es compatible con la libertad? Si
no existe: ¡Albricias! Somos libres y podemos hacer lo que queramos. Sin embargo…
¿y si el destino no es algo que se adopte o a lo que uno tenga que doblegarse,
sino algo que se invente? Esto puede entenderse de dos maneras. Expresiones
como “Soy forjador de mi propio destino” o “tú diriges tu propio destino”, en
principio, implican que el destino no existe y, más bien, se utiliza la palabra
como sinónimo de “camino de vida”, “flujo de acontecimientos en tu vida” o
ideas similares. La otra interpretación es que el destino es como una fuerza
magnética, que influye pero no obliga. Los humanos tenemos la prerrogativa de
la rebeldía y, sea cual fuere el destino que tengamos asignado, siempre
podremos modificarlo o apartarnos de él.
Mi
postura radica no en rechazar la idea de que existe un destino, o de que, si
existiese podríamos cambiarlo, sino en rechazar en bloque la dicotomía, quemar (o
derretir) la balanza. Y ahora va el porqué.
Si
bien una explicación de cómo es que ha llegado hasta nosotros la idea de
destino requeriría un rastreo histórico más allá de mis fuerzas intelectuales,
diré un poco sobre el papel que juega esta noción en nuestra vida y por qué
creo que es políticamente perniciosa en una sociedad meritocrática como la
nuestra. Aunque utilizamos la idea de destino como una explicación a priori,
es sólo a posteriori cuando adquiere todo su sentido. Alguien dice: “Me
gané el premio Nobel de Economía porque era mi destino.” Esta persona piensa
que ya estaba determinado que lo ganara, pero es sólo porque ya ha pasado, que
puede dar sentido a sus luchas, sus sinsabores, como escalones, todos dirigidos
hacia un objetivo augurado. Ya Schopenhauer decía que es sólo
retrospectivamente que nuestra vida se ve como una cadena de eslabones bien concatenados.
Así, el destino es un auxiliar narrativo para dar sentido a nuestra propia experiencia.
Pero puede pensarse, además, que es una forma de falsa modestia. Quien recurre
al destino como explicación de sus logros se descarga un poco de la
responsabilidad por sus propias acciones, aunque solapadamente se jacte de ser
beneficiario premium de las Moiras.
El
que, por el contrario, dice “Pese a mi destino, logré ganar el Premio Nobel”,
se haya en una situación ya descrita anteriormente: se adjudica a sí mismo todo
el mérito de sus logros; no se dejó doblegar por fuerzas superiores, sino que
ejerció su libertad plenamente. Pero las cosas no son todo blanco o negro.
Tanto el que dice “sigue tu destino”, como el que interpela “rebélate ante él”,
están haciendo juicios de valor implícitos. Para el primero, tu fracaso se debe
a que desoíste la voz (interior, exterior o de donde sea) que te debía dirigir
al éxito. Para el segundo, fuiste demasiado débil, pusilánime y te dejaste
arrastrar como camarón que se lo lleva la corriente. En ambos casos existen
actitudes de superioridad moral que deberíamos evitar, pues sólo revelan una
falta de empatía hacia las condiciones socioeconómicas, psicológicas y
emocionales de otras personas. Construir nuestra propia personalidad con base
en ideas de destino puede llevarnos a desolidarizarnos con otras personas para
quienes las condiciones externas o internas no han sido tan favorecedoras. Una
sociedad como la nuestra, basada en el mérito, consentirá la reproducción de
cualquier noción que permita construir narrativas como las anteriores, en donde
el éxito es una conquista individual y, por ende, también lo es el fracaso. Con esto no quiero decir que el concepto de
destino es una condición suficiente para crear una sociedad individualista,
porque seguramente habrá otro tipo de sociedades más comunitarias que también
lo utilicen. Mi punto es que la manera acrítica en que dicho concepto es asumido
por mucha gente, puede llegar justificar narrativas perniciosas.
Para
terminar, ya dije que puede concebirse el destino de manera colectiva. El resultado
de esto es más brutal de lo que parecería a primera vista, y por ello lo presentaré
casi silogísticamente. Suponiendo que existiese el destino de una nación, éste
habría de ser, no la suma de los destinos individuales, sino algo independiente
y superior, aunque es claro que el destino de algunos de estos individuos
podría ser parte constituyente o fundamentante del destino total de la nación (de
esta sugerencia proceden las teorías sobre las grandes personalidades, como la
de Carlyle, la cual, dicen algunos, fue utilizada por regímenes totalitarios como
sustento ideológico). Así, el Estado se vuelve una hipostasis, es decir, una
entidad distinta al conjunto de sus individuos, cuyo valor supera al de sus
componentes concretos. Está justificado, entonces, sacrificar y sacrificarse
–no sólo metafóricamente– en aras de un poder mayor y, en ocasiones, incomprensible.
Dios sive Estado (Dios o el Estado, ya no hay mucha diferencia). Saque
el lector las consecuencias de esto.
Para
terminar, me gustaría decir que no repruebo en sí misma la creencia en el destino,
en cualquier de las formas expuestas y aun en otras que no he logrado exponer. Sólo
quiero llamar la atención sobre cómo es que, si es adoptada de manera acrítica,
puede justificar fácilmente actitudes contrarias a la comprensión y solidaridad
comunitarias. Pero sólo Dios sabe por qué destina lo que desatina.
lunes, 2 de enero de 2023
La paradoja de la paradoja de Zenón.
DEMOSTRACIÓN: Para leer la demostración sobre la imposibilidad de leer la paradoja de Zenón, primero habría que leer la mitad de la demostración sobre la imposibilidad de leer la paradoja de Zenón, et cetera. Quod erat demostrandum (como dicen los chiavos spinozistas).
SUBCOROLARIO: Nunca podremos terminar de leer el corolario sobre la imposibilidad, et cetera, et cetera.
DEMOSTRACIÓN: et cetera, et cetera, et cetera. Quod erat demostrandum.
jueves, 25 de febrero de 2021
Dos adivinanzas consabidas
En mi tierna infancia se pasaba de boca en boca la siguiente adivinanza: "Agua pasa por mi casa, cate de mi corazón, al que no me la adivine, le doy un coscorrón". Misterio recóndito era el por qué pasaría agua por mi casa. ¿Habría algún tipo de riachuelo cerca? En un caso más infausto, ¿un drenaje? ¿Pasaba el agua por debajo o a un lado? Todas estas preguntas permanecieron sin respuesta, aunque no cimbraban de manera particular mi visión de la realidad. Otra cosa era el ignoto vocablo "cate". "¿Qué es un cate?" Preguntaba yo sin que nadie pudiera darme respuesta, y ¿por qué le pertenecería a mi corazón? Qué ensalmo o mágica virtud le había abierto al "cate" un lugar entre las cosas de mi íntima devoción sin que yo mismo lo notara? Años después, caí en la cuenta de que "cate" era el golpe o bofetada dada con alevosía y casi burlona tiranía a alguien, como en la oración "Su mamá le dio un cate por andar de irrespetuoso." Pero, ¿por qué mi corazón recibiría una bofetada? ¿Será una metáfora de alguna insólita palpitación, una arritmia pasional? En fin, al menos eso explicaba un poco por qué aquel que pergeñaba la adivinanza amenazaba con coscorrones al interlocutor vencido. Tal vez el cate del corazón pasaba a ser propiedad del otro, como una especie de inveterada maldición. Todo esto son suposiciones, cuya verdad, pienso, jamás develaremos.
Otro caso era el de la adivinanza: "Entra por el mar, sale por la garita. ¿Qué es?". Aquí no había amenazas perentorias, pero sí otro vocablo extraterrestre: garita. Gracias al diccionario descubrí que se trataba de una torre o casilla para los vigilantes. A pesar del esclarecimiento, otras perplejidades brotaron: ¿por qué alguien entraría por el mar y saldría por la garita? ¿No parece más lógico que fuera al revés? Se entraría a la garita y se saldría por el mar. Y, salvo que la susodicha garita fuese algún tipo de portal, esto no tiene ni pies ni cabeza. El pasmo de este misterio no me ha dejado desde entonces y un paliativo sólo vendría de preguntarle a Margarita por sus extraños hábitos de traslación.
martes, 28 de enero de 2020
La Memeteca de Babel
sábado, 4 de enero de 2020
¿Para qué sirve la filosofía?
1. Una persona de alguna cultura y consciente del valor de la reflexión pregunta al filósofo "¿Para qué sirve la filosofía?".
En tal caso, la persona podría no querer más que cimentar alguna creencia ya asumida. Tal vez la persona crea que la filosofía tiene algún valor, y, como persona culta que es, necesita una respuesta para fundamentar su creencia. O tal vez simplemente quiere ver si el filósofo es tan inteligente como dice y puede justificar su propia labor. Sea cual fuere el caso, un razonamiento sencillo y eficaz se ofrece como respuesta.
Si uno pregunta "¿Para qué sirve la filosofía?", ¿no estaría ya haciendo filosofía? Porque el cuestionarse sobre las cosas es hacer filosofía, ¿qué no? Además si se pretendiera dar una respuesta, ésta tendría que provenir de la reflexión, es decir, ¡más filosofía! Y si quisiéramos evaluar la cabalidad o mediocridad de la respuesta... ¿adivinan? Ya saben el resto. El punto central es que quien quisiera negar la utilidad absoluta de la filosofía tendría que negar a priori la posibilidad misma de que la pregunta fuera inteligible y de que pudiera darse, a su vez, una respuesta coherente a ella.
2. Una persona de pocas letras pregunta "¿Para qué sirve la filosofía?", como quien pregunta "¿Para qué sirve este botón?" cuando ve una máquina desconocida.
En tal caso, el razonamiento abstracto haría poca mella en el afable campo inculto de su entendimiento (lo cual no significa necesariamente que la persona sea tonta; el mero hecho de preguntar es ya un signo de inteligencia agazapada). La respuesta, pues, debe correr pareja con lo tangible, es decir, con los ejemplos. Digamos que la filosofía permite cambiar la manera de pensar de las personas; nos permite ver los asuntos cotidianos con otra lupa, y con ello, la manera en que nos comportamos con otras personas y con nuestro entorno, en fin, nos permite modificar la desde nuestra propia conducta, hasta la sociedad, el gobierno, etc. Por ejemplo, gracias al pensamiento filosófico fueron posibles las Revoluciones, como la francesa o la mexicana. Otro ejemplo de distinto tenor sería el caso de las computadoras; éstas funcionan con lógica (el sistema binario con el que trabajan las computadores es un obsequio de la filosofía al mundo), y la lógica es una rama de la filosofía...
3. En último lugar, tenemos el filósofo que se pregunta a sí mismo "¿Para qué sirve la filosofía?"
Esta pregunta suele estar aparejada a algún tipo de crisis existencial. El filósofo busca un asidero conceptual que lo redima para siempre. La interrogante, generalmente, surge de entrever la falta de justificación de la propia vocación y, con ella, la falta de sentido de la vida toda. El filósofo puede hallar sosiego en alguna de las dos respuestas anteriores. O bien la filosofía se justifica a sí misma mediante una especie de boomerang conceptual: el lanzar la pregunta es obtener la respuesta; o bien, las empresas sociales empapadas de filosofía, en que se disuelve el individuo, dan valor a la idea, concretizándola.
Pero quien sienta profundamente la pregunta no dará por buenas estas alternativas. Y esto es porque la pregunta misma es deficiente.
Un análisis más profundo nos llevaría a desenterrar el siguiente razonamiento:
1) Valor es igual a utilidad.
2) Si la filosofía ha de ser valiosa, sólo podrá serlo en virtud de su utilidad.
3) La filosofía es útil por X o por Y, por tanto, es valiosa.
Si cimbramos la roca angular de esta idea, caerá el edificio completo. ¿Son realmente equivalentes el valor y la utilidad? Parece que todo lo útil es valioso, pero la inversa no tiene por qué ser verdad, al menos no es obvio que lo sea. Entrar en la discusión sería zambullirse de lleno en arenas movedizas, pero me basta evidenciar el prejuicio (1). La pregunta por la utilidad de la filosofía es un cuestionamiento sobre su valor. "¿Para qué sirve la filosofía?" es como decir "¿por qué debería aprender filosofía?", "¿por qué debería hacerse filosofía?", "¿por qué hay gente en las universidades a las que les pagan por hacerla?", en fin, "¿para qué nos sirven todas esas cosas?". Si ya hemos agujereado la premisa sobre la que se sostienen esas dudas, y un pequeño agujero es más que suficiente, podemos dar la respuesta más sincera posible: la filosofía no sirve para nada, pero ¿qué haríamos sin ella?
martes, 16 de julio de 2019
Pesimismo, optimismo y pesimismo alegre (Dedicado a mis alumnos)
domingo, 16 de junio de 2019
Sobre libros intonsos y la labor de la filosofía
Antes de los años 60's no era raro que se vendieran libros intonsos, y actualmente, con un poco de suerte, uno puede encontrar ese tipo de ejemplares en las librerías de viejos.
El caso aquí es que yo me compré un pequeño libro de este talante: "El puesto del hombre en el cosmos" de Scheler; una ardua obra de filosofía técnica, ya clásica dentro de la tradición axiológica. Y aquí es cuando comienza mi elucubración, que nada tiene que ver con el contenido del libro.
Como suele suceder con lecturas que han pertenecido a otra biblioteca, ésta estaba prolijamente subrayada y anotada con tinta (la pertinencia o no de tal práctica polariza a los bibliófilos, por lo que no daré mi opinión al respecto). Pero si el lector me ha seguido con atención hasta ahora no puede más que hacer el siguiente razonamiento, cuya sistematización le ahorro yo:
1) Si el libro está subrayado, entonces es verosímil pensar que fue leído.
2) Un libro intonso no puede ser leído correctamente por el problema ya aludido.
3) Es un hecho que el libro que me compré era intonso y estaba subrayado.
Esto nos deja con la perplejidad de un objeto instanciando una paradoja.
Pido al lector que antes de continuar visualice mentalmente con claridad la situación que le acabo de presentar, pues gran parte de la argumentación que sigue depende de ello.
Existen dos posibilidades:
Primera posibilidad: el sujeto en cuestión subrayó pasajes al azar para aparentar que sí leyó el libro, o simplemente porque le gusta subrayar libros en pasaje aleatorios. Esta queda descartada por implausible y porque realmente no explica demasiado.
Segunda posibilidad: el libro fue de hecho leído, pero no cabalmente, de lo que se desprende que el lector:
a) Era consciente de que no leyó el libro correctamente, pero aun así no quiso cortar las páginas.
b) Era un ignorante redomado y no sabía que a los libros así hay que separarle las páginas.
b.1) Atenuando el apelativo de ignorante, simplemente diríamos que era extremadamente distraído y leyó el libro saltando páginas ocasionalmente.
Discutamos primero la hipótesis a). Uno podría argüir que el lector era algún tipo de coleccionista tiquismiquis que quería preservar en estado de virginidad inmaculada su ejemplar y por eso decidió no cortar las páginas. Pero esta hipótesis queda descartada, puesto que un coleccionista así no se atrevería a mancillar con tinta su ídolo. Por tanto, no es plausible pensar que era algún tipo de bibliófilo.
Aunque, para alguno que esto lea, la hipótesis b) podría parecerle la más acertada, yo la voy a descartar por poco caritativa. Uno no simplemente postula la estupidez como la mejor explicación. Independientemente de que esto pueda ser cierto en algunos casos, no hace justicia a la complejidad de la experiencia humana. Es por ello que me adelanté y desplegué la hipótesis b.1), a mí ver, la más interesante, por lo siguiente.
Supongamos que el antiguo dueño y señor de mi libro era rotundamente distraído, con una distracción oronda, turgente, casi palpable, y no se dio cuenta de que se saltaba algunas páginas en su difícil lectura (recordemos que la temática es filosófica, es decir, nada sencilla), porque ¿quién se anda fijando en el número de la página mientras lee? Supongamos, pues, también, que él no tenía ese hábito. No notó que después de terminar de leer la página 41, digamos, pasaba a la 44. Y así siguió hasta que terminó el libro. Imaginemos a este pobre lector conturbado, con el ánimo oscilante entre la desazón y desamparo. Poco ha de haber comprendido pese a sus esfuerzos de rotular lo más relevante con su perentorio bolígrafo azul. Al final, decidió malbaratar su adquisición a un librería de viejos, y pasados los años llegó a mí, el que esto escribe.
Lo anterior da lugar a una reflexión filosófica nada ociosa. ¿En qué medida la complejidad, la oscuridad y la profundidad se han confundido en filosofía, al grado de que un lector no se diera cuenta de que a su lectura le faltaban fragmentos considerables de texto? Si el sujeto llegó al final del libro sin dudar sobre la coherencia de lo leído es que habrá que cuestionar, por un lado, los hábitos de lectura del susodicho, pero también, por otro, nuestra noción común de filosofía.
No parece absurdo imaginar que el sujeto continuó la lectura, a pesar de tener serias lagunas en el contenido, con la esperanza de que si seguía leyendo lograría "entender" lo que el filósofo quería decirle. Este fenómeno es bautizado por Dan Sperberg como "efecto gurú". Cuando consideramos que algún discurso es demasiado oscuro, pero no queremos negarle su estatuto de inteligibilidad (es decir, de que tiene algo que decirnos), simplemente le atribuímos algún grado de profundidad accesible sólo para los iniciados. Si nos esforzamos, creemos, lograremos acceder al conocimiento arcano que nos ofrece el gurú.
Otro fenómeno que es relevante comentar en confabulación con el anterior es el de la "justificación del esfuerzo". Tal vez el lector invirtió tanto esfuerzo en hacer sentido a su parca lectura que no quiso dejarla inconclusa y, con un denuedo monumental, dio algún sentido (que tal vez podríamos reconstruir con base en sus subrayados) a sus pensamientos. O tal vez sencillamente el libro le costó muy caro y sentía el deber de terminarlo, ¿quién sabe?
El punto medular aquí es que en algún momento de su vida, se le enseñó a este desavisado hombre que la filosofía es difícil y profunda, que los filósofos se expresan de manera fragmentaria, elusiva y oscura, en fin, que son algún tipo de gurú.
Voy a dejar al que esto lee que saque todas las consecuencias sociales, estéticas, políticas, etc. de lo expuesto, pues serían material para otro ensayo que tal vez algún día escriba.
Para concluir, una exhortación: una de las tantas responsabilidades como filósofos es la de desmantelar esta idea imprecisa y nebulosa sobre nuestra labor. Desafortunadamente, hay colegas, no faltos de inteligencia, por cierto, que también comparten aquella visión. Tal vez haría falta esclarecer el concepto mismo de "claridad", empresa para la cual no tengo ni la más lívida idea de cómo comenzar. Ni siquiera estoy seguro de si he sido lo suficientemente claro al respecto, pero, en fin, en el principio era el caos y con el caos, la duda y con la duda, el movimiento.
Una última hipótesis que no consideré y que quedaría en la vigilia de otras manos más aptas para la ciencia ficción que las mías es:
c) El lector tenía alguna habilidad sobrehumana para leer páginas unidas y en realidad sí leyó todo el libro, lo comprendió y actualmente es un prominente filósofo que da cátedra sobre Scheler en alguna universidad hispanohablante.