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martes, 4 de febrero de 2014

Manual para escribir un ensayo filosófico sin esfuerzo, de tal manera que parezca profundo.



Ahorrémonos el prólogo de reconocimiento con el lector que explica lo difícil que es escribir un ensayo filosófico y cómo las noches de desvelo y las mañana de factura a veces no dan el resultado deseado, y pasemos al quid de nuestro asunto. Divido el ensayo en cuestiones de fondo y de forma, las primeras atañen a la manera de desarrollar el contenido, las segundas son consejos más precisos que te convertirán en todo un amo del discurso profundo.

Cuestiones de fondo:
            En primer lugar, un ensayo profundo (1) debe ser extenso. Nada que valga la pena decirse puede ser despachado en dos o tres cuartillas. No. Hay que envolver al lector en nuestra sapiencia, hacerlo partícipe de nuestra revelación divina, hay que provocarle el mismo estado extático que nosotros sentimos al sumergirnos en el marasmo irrefrenable de un yo plural objetivándose en el logos visual. Esa dialéctica entre el papel y el escribiente debe rendir munificentes frutos, un opimo banquete filosófico que harte la oronda avidez de conocimiento de nuestro lector. Con esto quiero decir que no puedes darte el lujo de ser lacónico, puntual ni ordenado. Deja que la pluma corra incontenible, no te detengas a pensar lo que vas a poner, si lo piensas, es mala señal.
            Como ya dije, hay que evitar todo orden conceptual. Lo profundo no puede ceñirse a los estrictos cánones del discurso, porque es en sí mismo irracional, abierto e inaprensible, inefable si se quiere. En el momento en que notes que has desarrollado un argumento, detente, toma un respiro y no sigas. Puede ser que haya algo en tu corazón que te impela a argumentar. Mata a tu duendecillo lógico, no lo necesitarás. La naturaleza esencial de lo profundo exige el caos.
            La profundidad está tan rodeada de tópicos, que siempre es sensato nombrarlos como un aura que orbita y promete una futura elucidación. Con esto quiero decir que una estrategia útil para desarrollar tu profundidad es arrojar una lluvia de objetivos poco inteligibles, prometiendo su posterior desarrollo a través del texto, pero sin hacerlo realmente. Este mi ensayo que ahora escribo,  y que tú estás leyendo, aunque no lo creas, tiene implicaciones epistemológicas, ontológicas y de corte político-marxista, su esclarecimiento es propio de una ulterior hermenéutica que explicaré en su momento ( no te preocupes, de hecho nunca voy a explicar nada de eso). Sin embargo, nunca digas al principio qué es lo que vas a tratar; el lector se irá dando cuenta de que algo tan profundo como tus pensamientos no admite un plan esquemático de trabajo.
            Por último, tenemos un punto que oscila entre fondo y forma y por eso lo pongo al final. Para agregar un toque intelectual, siempre es bueno utilizar todas las metáforas posibles. Debes exornar tu ensayo como una mañana de otoño ensangrentada con las infinitas lágrimas de los robles evanescentes y moribundos de una Castilla vieja y olvidada.



Cuestiones de forma:
Aquí vale la pena enumerarlas, aunque pierda profundidad en mi ensayo, pues me solazaré con algunos ejemplos precisos (algunos inspirados en textos reales)
1) Comienza tu ensayo con una cita textual. No me refiero a un epígrafe. Empieza propiamente el cuerpo del texto con una cita, de preferencia que sea de algún poeta desconocido, ya sea vanguardista, chino, hindú o, si quieres ser conservador, latino. Con esto manifestarás que el tema a tratar es algo tan profundo que sólo los antiguos y preclaros maestros pudieron entrever, y que es gracias a su frase (que tu reproduces idolátricamente) que se abrieron las puertas a un desarrollo (que por cierto tú haces) verdaderamente cabal.
2) Utilizar palabras o frases en otros idiomas siempre incrementa exponencialmente la profundidad de un texto, sobre todo si las tales no están traducidas y podrían sustituirse con su correspondiente en español sin perder sentido. Minusvalorar la capacidad expresiva del idioma propio es indispensable para hace un ensayo penetrante.
3) Junto con lo anterior, siempre es bueno recurrir a las etimologías, esto es, del griego étimos, que quiere decir verdadero, y logos, que significa palabra. El análisis de las verdaderas palabras (hombre, qué fuerte suena eso) te catapultará a los más recónditos recovecos de la profundidad filosófica. No importa que no sepas muchas, el diccionario de la RAE te proporcionará buenas herramientas, y a veces es tan sólo necesario fingir una íntima identificación con las palabras para cautivar a nuestro especial lector.
4) Los juegos de palabras son muy provechosos, pero no los juegos graciosos, sino los que parecen profundos, aquellos que tejen fino y hacen relaciones tan sutiles que parecen inverosímiles. Existe, sin lugar a dudas alguna cadena de filosofemas que une el concepto “macarrón”, con el concepto “a priori”, no lo dudes. (Yo no la desarrollo porque tal vez necesitaría hacer otro ensayo, y me fatigo.)
5) Pon, coloca, sitúa, materializa, recurre, esgrime, cita, traba, instala, ubica, utiliza la mayor cantidad de sinónimos posibles. Si tu mente está frita, cansada, abrumada,  colmada, embarazada, incómoda o indispuesta, puedes utilizar cualquier diccionario de sinónimos accesible, aprovechable, beneficioso, útil o disponible en Internet.
6) Fragua tus vocablos de tesitura poco técnica y adjetívalos con el primer cultismo que te venga en mente. No definas. La definición es un acto inmarcesible. Lo anterior resulta una herramienta poderosísima en el discurso filosófico profundo: atrae la atención del lector, lo deja estupefacto, dubitativo, no sabe si es tonto o no ha entendido tu ebúrnea y póstuma utilización del lenguaje. (Lo de inmarcesible, ebúrneo y póstumo son ejemplos de esta utilización, por cierto). Sacrifica totalmente la claridad por la poética abstrusa. En palabras claras, no uses las palabras según lo que significan, sino según te venga en gana.
7) Y por último, pero imprescindible, haz oraciones, en cuanto sea posible y la disponibilidad intelectual, no como capacidad racional, sino como habilidad casi de artesano para el discurso, lo permita, lo más largas posibles. Aquí la oración principal era “Haz oraciones lo más largas posibles”, ¿pero por qué dejarla desnuda? No le vienen mal otras tantas oraciones subordinadas, tantas que se pierda el sentido original de la principal. Después de eso. Haz oraciones cortas. Ínfimas. Sí. No. Oscila entre esas dos maneras de expresarte y lograrás mantener la tensión durante todo tu ensayo.

Consideración final:
Debo agradecer, caro lector, que hayas llegado al final de este texto, yo mismo no lo veía. La razón de escribirlo radica en invitarte a la claridad, a la disputa de ideas, no de palabras. Sólo una prosa ágil, en estos tiempos de abundancia verbal, nos permitirá el acceso a una cantidad mayor de lectores. Profundidad no es igual a dificultad. Dejemos las discusiones bizantinas y hagamos filosofía.


(1) Utilizo el término “profundo” queriendo decir “aparentemente profundo”

miércoles, 15 de enero de 2014

Ensayo sobre un perdedor (o palinodia del que nunca dijo nada).


Este es un ensayo sobre un perdedor. No hay misterios, no hay historia, no hay desarrollo ni desenlace, porque los perdedores no tienen historia. El título en sí mismo es ya sintomático: un perdedor queriendo llamar la atención con su miseria emocional desnuda y clamante, escandalosa y amarillista. Busca ser compadecido, pero sin hipocresía, porque ha probado el amargo sabor de la misericordia, que esconde la superioridad ajena. El perdedor no se conmueve de los demás, no compra empatía empaquetada en concursos fotográficos y películas clasificación C, porque conoce la tristeza. El perdedor es un observador frustrado, un ser pasivo. Inconciente de su estado, adjudica a la trama del mundo su infeliz suerte. Las menos de las veces, atiende a que él mismo - tal vez - es causa de su propio mal. Y es doblemente desdichado.
Al perdedor le gusta caminar de espaldas, porque sólo así ve todos los caminos que no tomó, por eso camina lento, tan lento que parece que no avanza. A veces intenta volverse bruscamente, pero cae de narices en el suelo y, adolorido, retoma su parsimonioso paso ciego.
El perdedor no intenta más de dos veces la misma cosa, porque su inducción es apresurada y sabe que es mejor no retar el incomprensible celo del universo de hacer las cosas parecidas. Se rinde fácilmente pues contraviene a su naturaleza no hacerlo. El denuedo y el brío le fueron arrebatados al nacer.
El perdedor ama secretamente. Sabe que su amor es tan grande, que, de dejarlo salir, haría explotar el mundo. Lo dosifica y lo da en pequeñas porciones, tan pequeñas que los demás lo creen mezquino. Pero no hay nada más falso que eso. Él cuenta las tintineantes monedas de su amor y teme que si abre la compuerta de su bóveda, se le escape todo, sin posibilidad de detenerlo o recuperarlo.
Es anónimo. El perdedor borró su propio nombre. Se le olvida que los perdedores no necesitan máscara, pero se empeña en labrar, entre sombras, informes copias de sus interlocutores. Impone la discreta rutina de la variación y el infinito hábito de esperar lo que ya pasó.
El perdedor cumple su preciso papel: dejándose perder, compensa en la balanza del tiempo el enorme esfuerzo de los genios. El perdedor es la infinita raíz de una inmarcesible rosa. No contento con eso, se afana por reproducir su estirpe en invariables ladrillos que sostengan a un sólo hombre.  Al final, secretamente, entiende que el entramado de la existencia es algo demasiado complejo para el alma de un hombre y se deja morir en línea recta.

sábado, 30 de noviembre de 2013

De una luenga cabellera.


Preliminar: un poema que tenía guardado por ahí y ahora lo recupero con algunas modificaciones.

La noche es como su cabello.
Ella, Gea, su cabeza inclina
y sólo cae la oscuridad en la mitad de su faz.
En rizos se multiplica su negrura.
Se desenvuelve la seda opaca
y se confunde con el mar de las estrellas.
Grato es el silencio visual de su madeja,
velo secreto, intransitable.
Veo las ondulantes vetas que violentan
los intersticios del abierto espacio
al rededor de su aura, quimérica y negra,
y no hay hipnótico ingrediente
que pueda más que la fractal
visión de su cabello.

jueves, 28 de noviembre de 2013

No es misterioso el universo.

No es que el universo sea misterioso, lo que pasa es que pensamos que tenemos el derecho tácito de hacerle preguntas. Como niños, creemos tener su consentimiento para interpelarlo, sin embargo, como sabio adulto nos ignora, o contesta con una silenciosa sonrisa a nuestras impertinentes cuestiones. No es que el universo sea un enigma, más misteriosos somos nosotros, que somos universo preguntándose por el universo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Reconvención a la filosofía.


No necesito que un filósofo me diga que la esperanza es una forma de temor y de ignorancia. El hombre no vive sabiendo.No necesito sistemas que me condenen a la soledad y se alcen con soberbio semblante sobre el común de la gente, como si la fútil concatenación e invención de conceptos fuera una forma de felicidad. No necesito comprometerme a la imaginación de las causas primitivas y finales. Porque todo tener razón es una forma de subrepticia violencia. No necesito pensar que el universo y la historia (que acaso sean la misma cosa) obedecen reglas, o que la realidad es un golem informe con la palabra verdad en la frente, o, en fin, que es un infinito laberinto sin centro y sin salida.
No preciso significar la sabiduría para ser sabio.

sábado, 5 de octubre de 2013

Sobre si puede desenamorarse uno por el mero uso de la razón.


Nota previa: Aquí sólo propongo un posible análisis para esclarecer el sentimiento de enamoramiento y así sobreponerse poco a poco a él. Aunque mi tendencia personal es ésta, no soy nadie para ponderar el uso de la razón sobre los sentimientos. Otra cosa que haré notar es que distintingo entre amor y enamoramiento. El amor, en todos sus niveles es harto más complejo y no lo trataré en mi texto.

Por enamoramiento entiendo aquel sentimiento involuntario consistente en un fuerte deseo por una persona, y que procura reciprocidad, dada o pensada la cual resulta la felicidad desbordada del enamorado,  y quitada o pensada como insatisfecha resulta en su tristeza.
Las causas químico-biológica de su aparición son tema que no me atañe. Mi labor sólo consistirá en esbozar cómo se manifiesta mentalmente.
Para facilitar la exposición, inventaré (la literatura lo permite) una enamorada. Su nombre será Marcela, como la enamorada de Grisóstomo (Quijote, Cap.  XIII), que, para estos efectos, poco importa su constitución física y espiritual, sólo hemos de saber que es bella y tiene ciertas gracias y dones.
En primer lugar, vemos a Marcela y acaece una especie de prendimiento involuntario; nos parece de una hermosura inigualable y es ahí cuando se manifiesta la primera proyección.  Marcela es igual a Belleza, y Belleza es igual a Bondad y a Verdad (la triada ontológica de Platón).  Del plano estético pasamos al moral y del moral al epistemológico
            Hasta este punto la enamorada sigue siendo un símbolo de perfección, es una Idea. Falta confrontar esta Idea con la realidad o, como quien dice, hablarle. Si no le hablamos y de ello no se sigue ninguna tristeza, no hay razón para hablarle.
Supongamos que de no hablarle si sigue una tristeza: le hablamos (el éxito  de las primeras tentativas es totalmente impredecible). En el primer encaramiento, la Idea de la enamorada y la enamorada real pueden no diferir, pero, necesariamente, ha de irse modificando nuestra Idea con el paso del tiempo.
            Ya hemos pasado varias conversaciones con Marcela y, aunque su Idea se ha modificado un poco, los datos empíricos que ahora poseemos de ella han enriquecido dicha Idea, o, por lo menos, no la han mermado. En estos momentos es cuando comienza la tarea de buscar la reciprocidad amorosa, de lo cual no hablaré en este texto. (Puede inquirir, caro lector, consejo en mis dos primeros textos de “Trilogía de manuales para el poeta neófito”). Ahora bien, supongamos, como en la historia del Quijote, que Marcela no nos corresponde. Como sabemos, de la no correspondencia amorosa se sigue la tristeza, pero no queremos estar tristes (1). Después de todo larguísimo este preludio, es aquí donde entra el análisis racional para desterrar el enamoramiento, causa de la tristeza.
            Berkeley, influenciado por Locke, entendió que no hay nada en una cosa que no sean sus propiedades. Si le quitamos a una manzana su color, sabor, forma, etc… no nos queda nada; no hay ninguna substancia debajo. Sin embargo, podemos creer que si a Marcela le quitáramos todas sus propiedades, todavía habría una “Marcela” substancial a la cual amar. Nos resistimos a pensar que suceda lo mismo que con la manzana, pero no hay razones fundamentadas para sostener tal intuición. Pensamos que incluso si Marcela cambiara el color de su cabello o aprendiera a bailar o lo que sea, la seguiríamos amando, pero lo que sucede es que tenemos una idea errónea de lo que es Marcela. Marcela es un conjunto de propiedades, de las cuales unas pueden cambiar sin afectar el concepto general de Marcela. Hay un cierto tipo de propiedades esenciales que hacen a Marcela ser Marcela (vaya Dios a saber qué quiere decir esto).
            Las propiedades tienen distintos tipos de relaciones, a las cuales yo llamo acciones.  Por ejemplo, a la relación que tiene la propiedad de ser un lápiz con la propiedad de ser un papel, se le llama escribir (este es un ejemplo demasiado generalizador, puesto que ser lápiz consiste en tener varias propiedades, al igual que ser papel, y la relación en que se encuentran es de contacto directo y movimiento, entre otras cosas)
            Tenemos pues, que Marcela es un conjunto de propiedades y relaciones o acciones (2). Cuando nos enamoramos, nos solemos enamorar de las propiedades. “Qué bella es Marcela, tiene cabello de plata y manos de aurora” decimos, refiriéndonos a sus propiedades; pero, si consideramos el asunto con detenimiento − que es para lo que escribí este texto −  nos daremos cuenta de que, por más idealistas que seamos (en un sentido un poco peyorativo)  es imposible amar solamente a las propiedades. Uno no cohabita con las propiedades per se de otras personas, Toda propiedad siempre se da en una relación, esto es, siempre se convive con las acciones.
            Llegado a este punto podemos ir dilucidando si nuestro enamoramiento es totalmente justificado. Si amamos sus ojos, sus manos, su cabello, etc… Estamos viendo las cosas mal. En esta situación no es más diferente amar a Marcela que a una quimera. Por tanto, si no tenemos contacto con las acciones de Marcela, podemos tomar nuestro enamoramiento por simples imaginerías y desterrarlas con el plumero de la razón. La imaginación en este punto juega un papel pernicioso, pero antes de explicar su funcionamiento al respecto, diremos qué sucede cuando se logra saltar del enamoramiento de las propiedades al de las acciones.
            En el cotidiano “estar-juntos” (3) con Marcela − que es lo que habría de ocurrir si conseguimos su amistad o si el enamoramiento deviene en relación amorosa (pero recordemos que la premisa de este texto es que hay un rechazo palmario por parte de la persona amada) −  estaremos impelidos a enfrentarnos con sus acciones particulares, la cuales, a la postre, modificarán la Idea que tenemos de ella, positiva o negativamente. Si la modifican negativamente, miel sobre hojuelas, la Idea perderá vigor y con ella el enamoramiento. ¡Si no, es hora de utilizar todo el poder de la razón!
            El motivo por el cual el enamoramiento sigue actuando es que se nos ha colado por un intersticio de la mente el líquido maravilloso y funesto de la imaginación. La imaginación (lo supusieron los racionalistas y, después de ellos, Kant) no dejará de tentar al entendimiento y a la voluntad con objetos inexistentes.  En este caso, el objeto inexistente al que nos impulsa es "la correspondencia amorosa de Marcela”. Esto, como sabemos,  tiene existencia actual, pero la imaginación lo coloca como algo posible en sentido moral, en el futuro. La esperanza, ese vicio para Séneca y Spinoza, es la raíz de nuestra tristeza. Así, debemos proscribirla totalmente, sabiendo que nada conocemos del futuro y que cualquier pretensión a imaginarlo es vana.
            Estando concientes de ello, la Idea perderá fuerza con el tiempo y el enamoramiento se irá (o no). Al final, si todo esto no sirvió, usted, caro lector, será la más desgraciada persona del planeta, pero aún puede ser poeta.

(1)   Victor Hugo decía que la melancolía es la felicidad de estar tristes. Para el poeta o el filósofo es productiva la tristeza. Pero hablando en términos generales, nadie la desea naturalmente.
(2)   Cuando ella corre, lee, habla, etc. está disponiendo sus propiedades de tal manera que dicha disposición se manifiesta en una acción.
(3)   Horrible término, pero lo utilizo para no repetir “convivencia”

Gonzalo G.T.

viernes, 2 de agosto de 2013

Soneto de la crema de verduras acompañada con bolillo


Oh, deliciosa crema, con fruición,
panecitos flotan en tu dulzura
¿qué pena o qué amarga amargura
se irán con la postrera deglución

de una clara y divina cucharada
de tu néctar de ambrosía y verdura?
Y es que tu serpenteante finura
ni por fideos ni sopa dorada

es superada, ni aún empatada.
Ay crema, que acompaño con bolillo,
te como con lenta y tan deleitada

paciencia, y cual si fuese un estribillo,
insisto el sorbo con su repetida
melodía de feliz organillo.

jueves, 16 de mayo de 2013

Tres musas.

Esencialmente, un escritor escribe para que lo lean sus amigos. Borges señala casi al principio de su libro Fervor de Buenos Aires : "Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que tú seas el lector de estos ejercicios, y yo su redactor." Puede que un lector  de la fortuita circunstancia  se extravíe y termine leyendo esto; pero las nadas de los amigos son más íntimas, y siempre para ellas, nunca para otras, es para que se escribe. Hecho este preludio, comienzo.
Hablaré, como jugando, de tres musas. Pero no son las tres musas griegas de las que habló Pausanias en quién sabe dónde (1). Sino de tres musas de carne y hueso que hallo y pierdo esporádicamente en la facultad de filosofía. Se supone que son inspiraciones, numenes divinos, pero no me han prodigado ni un triste soneto, ni una cuarteta, ni un epigrama. ¡Tú no mereces siquiera un epigrama! así les diría Ernesto Cardenal, sí. (Perdón por el exabrupto.) 
A la primera de ellas la llamaré Meletea, porque tiene cariz de meditabunda. No sé su nombre y no me interesa saberlo, la ignorancia en estos casos siempre es mejor, pues cuando más se ignora, más se puede inventar y, por tanto, escribir. Además, la poesía es siempre producto de la insatisfacción o la indeterminación. Esto es parte de mi teoría de las musas, que, si Dios me da bien, algún día escribiré. Como decía: tiene cabello rubio y ondulado, como espigas durmientes; no recuerdo si lo tiene largo o corto, en todo caso, tiene cabello, y le sienta muy bien. Es muy menuda y de baja estatura;  los huesos de su clavícula sobresalen ligeramente, lo que le da cierta elegancia. Tiene dos océanos en lugar de ojos. Aparece de la nada con una mirada que ya se pone severa, ya comprensiva, por Zeus sabe qué inextricables causalidades.
A la segunda la llamaré Mnemea, porque una vez la ví con un diccionario, que es símbolo de la memoria (por lo menos para mí lo es; alguna vez escribí un poema sobre los diccionarios, que, paradójicamente, naufragó en el Leteo). Su cabello es oscuro y rizado, como si el pergamino de la noche se ramificara en incontables helicoides. Usa lentes orbiculares (lo que quiere decir redondos), los cuales son una antesala bastante interesante para sus ojos. Tiene una sonrisa enorme. Sonríe y es pura felicidad. Eso me hace pensar que el nombre que le puse tal vez no sea tan cabal, pues nadie, que yo conozca, analoga la memoria con la felicidad. Tiene labios encarnados, nariz ligeramente respingada y esas cosas que suelen exhibir las musas y que los poetas poco poetizan por ser las partes más difíciles de comparar con las sublimidades de la naturaleza. Pero, ¿por que no en lugar de decir "sus labios son como una flor" decimos, "esa flor, ¡ay esa flor! si supiera cuanto más hermosos son los labios de ella, se marchitaría de tristeza" ?
La tercera la llamo Aedea, sin razón alguna. Imagínesela una Afrodita de Praxíteles, pero más delgada y de cabello lacio. Ahora imagínesela vestida con pantalones holgados y un delgado suéter ondulante al viento. Ahí la tiene. Creo que estudia historia, quién sabe, la ví una vez salir de un salón en donde yo tenía clase inmediatamente; de ser así, le quedará mejor el nombre de Clío. Quién sabe.
Para terminar, me gustaría bautizar a algunas otras musas que no tienen su podio en esta trinidad, pues tampoco me han inspirado canciones, décimas, silvas, zéjeles.. ¡tú no mereces siquiera un zéjel! (perdón, de nuevo, por el exabrupto), pero sí han usurpado algo a la belleza platónica. Éstas son: Calíope, muy elocuente e inteligente, de ella es la única que sí se el nombre, pero tiene tan poca sutileza que ni Petrarca le cantaría con tal,  y Thaleia, que le gusta divertirse rizando su cabello con los dedos y tiene una mirada tan perdida que a uno no le resultaría extraño verla caer en algún agujero.
Fin.

(1) Éstas son Meletea (Meditación), Mnemea (Memoria) y Aedea (Canto)

viernes, 26 de abril de 2013

El día en que te fuiste (Soneto bucólico)


 Preliminar: Este es un soneto de inspiración pastoril. Si un "hombre sincero de donde viene la palma"
 tuviera que dejar de cantar al río y a la hojarasca y cantara a la ausencia de su mozuela, cantaría más o menos así.


Encontré dos noches como unos ojos
oscuros y profundos, y encontré,
en medio de sus pliegues, los rastrojos
de unas cañas como un amor. Soñé.

Sí, soñé que encontraba unas cerezas
como unos labios, y unas rosas claras
como unas manos.  Y entre esas rarezas,
encontré unas medrosas piedras raras

que eran como un abandono, tan hondo,
tan hondo como un espíritu triste.
Desperté y encontré un cielo orondo

como una vasija que rompiste.
Y las aves, como un llanto profundo,
cantaron como aquel día en que te fuiste.

viernes, 12 de abril de 2013

¿Si te enamoro, qué hago contigo?


Prólogo:
De mis pocos poemas románticos hechos sin intención, este es uno que me ocurrió, o yo le ocurrí a él, mientras intentaba recordar un aforismo sobre el amor que había pergeñado hace tiempo. Aún no aprendo a no confiar a la memoria mis malabarismos literarios.

¿Si te enamoro, qué hago contigo?
¿Si compongo uno, dos o tres poemas,
si te los doy escritos en suaves líneas que conmuevan al papel
y si, supongamos, te enamoro, qué haré después contigo?
¿Si comparo tu rostro resplandeciente
y rojo como un atardecer de otoño,
y tus manos que dan forma a la línea y al matiz,
y digo que el oficio del universo es servir como metáfora para el amor,
si hago todo eso y te enamoro, después qué?
¿Te admiro, te beso, te todo?
No.
Mejor nada.
Hagamos como que yo no escribí
y que tu no leíste;
para que cuando sea viejo,
escriba una historia reclamándome el porqué nunca hice nada,
y hable sobre jóvenes enamorados, y olvide.
Y nada.
Y es que si te enamoro,
no sabría, realmente,
no sabría qué hacer contigo.