Nota
preliminar: Este es el último manual de la trilogía de manuales para el poeta
neófito. Es recomendable leer los textos anteriores a este, marcados con los
números 1 y 2, aunque cada uno es independiente.
Hoy, mi
estimado lector, es un día triste, pues, hipotéticamente hablando, fuimos
derrotados en esa sangrienta batalla que es el amor. Nuestro corazón fue
despedazado y los buitres se demoran con delectable indiferencia al arrancarlo
de nuestras entrañas como el hígado de Prometeo. Seguramente usté debe de
sentirse como si hubiera sido derrotado en la guerra de Troya, en
Constantinopla y en Mesoamérica al mismo tiempo.
¡Ah!
Pero todavía nos queda un consuelo: hacer poesía. Podríamos afirmar, sin mucho
titubeo, que, después de la religión, los desasosiegos amorosos han sido el
tema que más ha dado pábulo al arte poético. Aunque le parezca que es la
persona más desdichada de todo el orbe, siéntase acompañado por hombres de hace
más de 3000 años.
Un poema desquebrajado, salido del
interior de un alma acribillada como una coladera, tiene que reflejar el estado
interior de dicha alma; así que guardemos un momento nuestra máquina de rimar y
nuestra regla y dejemos deslizar la pluma por el papel, o los dedos bailar por
el teclado. Nuestro poema de desamor no tiene
ninguna función más que la catártica. No queremos que alguien más lo lea, sólo
necesitamos liberarnos del peso que implica el choque brutal de las esperanzas
perdidas.
Podemos hacer distintos tipos de
poemas: los que increpan a la amada
(porque aún lo sigue siendo, si no, no tiene sentido hacer el poema), los que
reprenden al destino, o simplemente los que exteriorizan el estado interior
(valga la redundancia) del enamorado alicaído.
No podemos dar una metodología para
hacer un poema desgarrado, pues como dijimos antes, sólo es cosa de escribir,
escribir y escribir. Si necesita inspiración, puede leer Petrarca o escuchar a
Joaquín Sabina, o si lo prefiere, a José Alfredo Jiménez y algunos boleros.
Para que no se quede con las ganas,
aquí le dejamos un poemita:
(La
situación, imaginemos, es que fuimos unos enamorados anónimos, aunque teníamos
una relación de amistad con la amada. Escribimos montones de poemas. Un día escribimos
el poema para pedir el noviazgo, y ese mismo día ella no estaba; esperamos y
ella no estuvo. Un día volvió y nos atacó con su indiferencia. Ya tenía
pareja.)
No sabías ni el día ni la hora.
De haberlo sabido, tal vez me habrías
esperado.
No sabías la razón ni la palabra
ni el amor ni el símbolo
ni la tipografía que guardaba el poema.
De haberlo sabido, tal vez lo habrías leído.
No sabías gramática, no sabías
que el antepospretérito de amar
es habrías amado.
Epílogo:
La idea
de escribir estos manuales es menos práctica que literaria. Son un pretexto
para hacer una reflexión de la poesía y el que quiera ser poeta, siento
decirlo, no lo logrará leyendo mis textos. Yo recomiendo a Homero, Dante,
Bécquer, José Martí, Whitman, Leopoldo Lugones, Borges, Alfonso Reyes, La
Biblia, El Corán, Angelo Silesio, Fray Luis de León y tal vez otros más, que
son los que a mi me gustan.
Los
poemas que aquí escribí fueron ideados para estos textos específicamente.
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